lunes, 18 de abril de 2016

Un perro, un rato



Salgo, a pesar del mal tiempo, a hacer mandados. Cuando llego a la calle veo que hay un perro sentado en el portal, como esperando que escampe el viento. El perro me mira y mueve la cola. Eso no es de extrañar: Colonia está llena de perros sueltos, en general muy mansos, que van de aquí para allá todo el tiempo. “Hola, perro”, le digo, y el perro considera que es buena idea acompañarme, así que me sigue. Es un perro grande, blanco y negro, fuerte, macizo. Impone respeto pero se ve que es un buenazo. Llego a la esquina, espero que pasen los autos y cambie el semáforo, el perro se sienta a esperar a mi lado. Cruzo, el perro cruza conmigo. Camino dos cuadras, el perro camina conmigo. Me meto en la ferretería y el perro, muy educado, no entra, se sienta a esperar en la puerta. Yo ando buscando sujetalibros, de esos que se ponen en las bibliotecas para evitar que los libros de la punta caigan al piso cuando tus bibliotecas son simples estantes. Esos que son como un codo de metal, un rectángulo plegado en ángulo recto, una cosa sencillita. Y esto fue porque con la humedad eterna de los últimos días, algunos libros se empezaron a abrir y uno saltó al vacío con tan buena puntería que justo yo estaba abajo, sentado en una silla. No era un libro pesado, por suerte. Se trataba de “El hombre que calculaba”, de Malba Tahan. Muy lindo libro, pero yo no andaba con ánimo para dilemas matemáticos, así que lo dejé en la biblioteca, cambiando un poco el orden y poniendo en la punta del estante un libro más grueso, de tapa dura, para que oficiara de tope. 
En fin, sigo: en la ferretería no tienen lo que quiero y me mandan a una casa de decoración cercana. Salgo, el perro se levanta y camina conmigo, así que ahí vamos los dos, por la vereda. Confieso que la sensación es muy linda, el perro y yo, haciendo equipo entre el viento y la llovizna pertinaz. Me encanta la palabra “pertinaz” y no siempre tiene uno la posibilidad de usarla, ¿verdad? Pues así está la cosa: llovizna pertinaz y casi que paralela al piso, de tanto viento. A Perro y a mí, juntos contra la meteorología, nos tiene sin cuidado y caminamos, muy compinches. Entro a la casa de decoración y Perro me espera en la puerta. Tampoco tienen y me mandan a una casa de artesanías cerca del Barrio Histórico. Atravesamos la plaza de los sapitos por la diagonal y llegamos a la esquina donde está la parada de taxis. Un niño que cruza con su madre me saluda: “¡Hola, Federico!”. Asumo que será alguno de los muchos niños con los que me encontré el año pasado en la biblioteca infantil, a propósito de la reedición de mi libro para niños (“El chou de los lagartos”, en venta en todas las librerías. Compralo: es re lindo.) Me detengo a saludar al niño y Perro se sienta, bien junto a mí. El niño me dice “¡Qué lindo perro! ¿Es tuyo?”, y antes de que yo le explique que en realidad no, que es un perro de la calle que me sigue, el niño dice “¡La pata!” y para mi sorpresa, Perro le da la pata. Sí. Te lo juro: Perro le da la pata al niño. Para cuando el chiquilín me pregunta el nombre, ya tengo decidido que Perro, en realidad,  se llama Mincho. “¿Mincho?”, pregunta el niño. “Mincho”, digo yo, orgulloso de mi perro, tan educado. Nos despedimos. El niño abraza a Mincho, que parece sonreír, y me abraza a mí. Seguimos camino. Llego a la casa de artesanías, Mincho me espera afuera. Tampoco tienen sujetalibros y me mandan a la librería de la cuadra anterior. Pasamos por una de las parrilladas, que tiene mesas afuera, en una suerte de túnel entoldado, y me encuentro con un conocido de Montevideo y su esposa, almorzando. Él, en ataque de fastidio por el clima que, literalmente, les aguó el fin de semana largo, me pregunta desde cuándo tengo perro. Respondo que desde hace un tiempo. En un arranque de inspiración, le digo a Mincho: “Mincho, dale la pata al señor”, a lo que mi conocido estira la mano y Mincho, sí, otra vez,  le da la pata. Mi perro es lo máximo, ¿no? Me dan ganas de llorar de pura emoción. “¿Le puedo dar un hueso?”, pregunta la esposa de mi conocido, enternecida, y entonces dudo. Temo que si Mincho obtiene un hueso se olvide de mí, porque a esa altura ya decidí que Mincho se viene conmigo a casa, así, sin discutir la idea con Martín ni pensar en Miranda, mi gata, que le tiene pavor a los perros. Pero enseguida pienso que ya que me acompañó todo ese rato, lo menos que se merece es un hueso, así que le digo que le dé nomás y, suspiro, que sea lo que Dios quiera. Ella le da el hueso, él lo toma, me despido de mis conocidos y sigo caminando. Mincho, por suerte, viene conmigo, hueso en boca y en un solo revolear de rabo. Yo me alegro, me alegro mucho. Por supuesto en la librería tampoco tienen sujetalibros, pero para mí todo es felicidad y si, como Mincho, tuviera rabo, lo estaría sacudiendo de lo lindo. Caminamos, Mincho y yo. Me meto en el supermercado y Mincho aprovecha para mascar su hueso mientras me espera. Salgo unos minutos después y ponemos dirección a casa pero, cuando estamos llegando a la esquina del supermercado, alguien grita algo que me suena a “¡Camundá!” y Mincho, con un gemido de alegría, se aleja corriendo sin mirar atrás, hacia el hombre que, ahora lo veo, lo está llamando. ¡Y se van juntos, calle abajo! El mundo pierde, súbitamente, todo su color. El clima es una catástrofe, la lluvia una porquería y el viento un fastidio mayúsculo. Mientras camino de vuelta a casa, solo como un perro solo, pienso que “Mincho” era mucho mejor nombre que “Camundá” y me pregunto cómo cornos voy a explicar la comida para perros que llevo en la bolsa del supermercado. Por suerte Miranda, al menos, no hace preguntas.

jueves, 5 de noviembre de 2015

¿Aló?



El tema teléfono en esta casa, como ya conté en un post anterior (Ramos generales), es complicado. Sí: nos siguen llamando para preguntar por la fábrica de pastas, la carnicería, la OSE, las mutualistas, la veterinaria… en fin: de todo. Ya estamos bastante acostumbrados. A veces nos llaman más, a veces menos, pero nos llaman. Pero estos últimos días, los que llaman, y sin equivocarse, son los bancos. Bah, en realidad las que llaman son las pobres y sufridas telefonistas que trabajan para los bancos. Y digo pobres y sufridas porque ellas no tienen la culpa, es su trabajo. Pero hay que ver cómo molestan. Esta semana me han llamado, y también a Martín, todas las telefonistas de todos los bancos con los que tenemos y hemos tenido relación en nuestra vida financiera. Y todas las llamadas para lo mismo: ofrecer seguros. Seguros de lo que se les ocurra: seguros de vida, seguros contra accidentes en el hogar, seguros contra desperfectos mecánicos, fallas de las cerraduras, rotura de vidrios y computadoras… y sigue, la lista es larga. La verdad es que es un fastidio. Yo creo que la proximidad de fin de año hace que los bancos especulen con los miedos de la gente. Es verdad, fin de año nos pone filosóficos pero, al menos yo, no pienso que me vaya a morir en cualquier momento ni que se me vaya a romper la llave en la cerradura y, mucho menos, que los niños del barrio me vayan a romper una ventana de un pelotazo. Esto último se debe, seguramente, al hecho de que vivimos en un tercer piso. La cuestión es que ha sido un tedio, pero creo que hoy llegué al fondo de la cosa y que no me van a llamar más.
A la primera que llamó el otro día, no me acuerdo el nombre, porque te dicen el nombre, la escuché con paciencia por una cuestión de respeto por el trabajo del otro, pero me aburrió la mar. Le escuché todo el discurso, todo. Cuando le dije que no me interesaba contratar el servicio, intentó convencerme por todos los medios. Pero me mantuve firme. Colgamos. Ella con cierta frustración, yo bastante molesto.
Al día siguiente, otra. Logré zafar aduciendo que estaba saliendo a hacer mandados ineludibles (es verdad, me iba a sacar el pasaporte). Pero me llamó de nuevo unas horas más tarde. Le dije: “Mirá, Laura, la verdad es que ahora no te puedo atender”. La llamé por el nombre, al fin y al cabo era la segunda vez que hablábamos en pocas horas y las dos veces me había dicho “Buenas tardes, le habla Laura, del banco X”. Laura cortó, no sin antes asegurarme que me iba a volver a llamar. “Ufa”, pensé yo. 
Al día siguiente me llamó Patricia, del banco “Y”.  A ella no se lo aguanté y antes de que me soltara todo el discurso le dije que ya era la tercera vez en la semana que me llamaban de un banco para ofrecerme cosas y que realmente no me interesaba. “Pero todavía no le dije en qué consiste la promoción”, me dijo ella, y yo le dije “No me digas nada: me vas a ofrecer un seguro”. Del otro lado de la línea se instaló un silencio marmóreo, bien de mausoleo. “¿Hola?”, pregunté. “Sí, es verdad, le iba a ofrecer nuestra línea de… “, “¿Viste?”, la corté antes de que siguiera. “Entonces, no le interesa”, “No”, y eso fue todo. Pero el problema ha sido sobre todo el banco “X”, el de Laura. A ellos deberían darles un premio a la constancia. Al día siguiente de la llamada “interruptus” con Patricia del banco “Y”, me volvieron a llamar. “Buenas tardes, le habla Cristina, del banco X”. “¿Cristina? ¿Del banco X?”, le pregunté. “Sí”, me dijo ella. “¿Y por qué era?”, pregunté. “Para ofrecerle nuestra…”, “¡Ah, no, no!”, dije, y seguí, “en esto de la línea de seguros yo estaba hablando con Laura, y me niego a hablar con otra persona”. Como con el banco “Y”, silencio sepulcral del otro lado del teléfono. “Ella no puede atenderlo ahora… “, “¿Atenderme ella a mí? Le recuerdo, Cristina, que no fui yo el que llamó.” “No, es verdad, pero…”. “Cuando Laura esté disponible, que me llame”. “Muy bien, señor”. Y cortó. Yo confié en que tanto disparate junto haría al banco “X” desistir de su intención, pero, me cacho en diez, no: ¡hoy me llamaron otra vez! De locos. Para peor se ve que hoy es el día en el que atienden los geriatras en Colonia, porque la cantidad de ancianos que llamaron hoy preguntando por las mutualistas no está escrita, así que para cuando la pobre Laura llamó, yo ya estaba hasta los morros del teléfono. “Señor Roca, le habla Laura, del banco X”. Yo respiré hondo y, en un momento de brillantez de esos que lo agarran a uno cada tanto, recordé que acabamos de pasar por Halloween y una idea perversa se abrió paso en mi mente. “Laura”, le dije, en un susurro, “me vas a tener que disculpar, pero no te puedo atender: estoy en la morgue, vine a identificar a un familiar. Un accidente de auto, un horror, parece que tuvieron que juntar los pedazos y…”. “P p p p p p p perdón”, dijo ella precipitadamente, y cortó. No sé por qué, pero estoy casi seguro de que no me van a volver a llamar.


martes, 26 de mayo de 2015

Sí, me pasan estas cosas.



El otro día, bah, ayer mismo, con estos primeros fríos, en cierto momento nos dimos cuenta con Martín de que estábamos los dos de bufanda adentro de la casa y que Miranda se las había ingeniado para meterse debajo del forro del sofá, así que asumimos que ya  había pasado la primavera errática o más que generoso otoño de los últimos tiempos y que ya era hora de pedir la garrafa para la estufa, así que lo hicimos. Estábamos, ayer, en un día Handel, se ve que el frío nos había pegado por ahí, y habíamos puesto un compilado de arias del susodicho en la voz maravillosa de Sandrine Piau, cuando nos tocaron el timbre: el gas. Sandrine, en ese momento, se despachaba con el “Rejoice greatly”, de “El Mesías”.  Abrí la puerta. Allí, en el palier, estaba el señor del gas con la garrafa.
–Buenas noches- le dije. –Buenas noches- respondió. Era un hombre grande, de edad y de tamaño. 
-¿Estaba abierto abajo?- le pregunté, por pura cortesía. –Estaba- respondió – por eso subí sin llamar. ¿Debería haber llamado? Disculpe.
–No, no, está bien. Un trámite menos – dije yo. Y entonces el señor de las garrafas inclinó la cabeza, sorprendido, y  dijo:
-Ah. Handel. Qué afortunado.- Sí, así como les cuento. Y siguió:
-Terminar así el día hace que todo valga la pena.- Yo lo miré, seguro de que aquello era un sueño, un desliz de mi cabeza, un chichoneo con la dimensión desconocida.
-Canta bien. ¿Quién es?- preguntó.
-Sandrine Piau – respondí, con los ojos a punto de salir disparados de sus órbitas.
-¿La francesa?- preguntó él.
- Esa misma- le dije, al borde del desconcierto más absoluto.
-Es buena ella, ¿eh? Qué lo tiró…- dijo, mientras Sandrine desgranaba agilidades y fiorituras. 
-¡Si será!- asentí.
-¡Ah! ¡El Mesías! ¡Qué obra! Pero,-continuó-  tengo el oído acostumbrado a la versión de Colin Davis, el inglés. ¿lo conoce? En Oratorio, en Handel, no sé, siempre me han gustado más los ingleses, cantantes y directores. Heather Harper cantaba esta aria como nadie.
Yo lo miré, parpadeando, extrañadísimo y en una confusión de sentimientos: no sabía si abrazarlo, aplaudirlo, pagarle los 480 pesos de la garrafa o todo junto. Claro, uno jamás espera disertaciones acerca del estilo barroco en los señores de las garrafas. Pero como lo miré así,  extrañadísimo, él se sintió en la obligación de decir, un poco avergonzado, como si hubiera metido la pata:
-Ya sé que Heather Harper es irlandesa, pero, bueno, usted me entiende, el Imperio Británico y todo eso…
Yo estaba al borde del desmayo. Martín, que había escuchado  todo, se acercó para verle la cara al tipo mientras Miranda maullaba con desaprobación desde abajo del forro del sofá. Ella es de los directores más modernos, onda Emanuelle Haïm o Christophe Rousset. (Sí, mi gata es muy culta). En fin…
- No, claro, claro, lo entiendo- contesté- A mí me gustaba mucho esa versión. Me sigue gustando.
-Tiene una cosa tan austera, ¿verdad? Tan inglesa…. Y en esa austeridad, tanta emoción… Menos es más… Es que estoy viejo- dijo- Cuando uno se acostumbra a algo, es difícil cambiar de opinión. Todos los 24 de diciembre escucho El Mesías dirigido por Davis. Es una tradición. Y la Misa Criolla cantada por Mercedes Sosa.
Yo, estupefacto como estaba, no sabía muy bien qué decir, pero Martín salió del paso con un elegantísimo 
–Es que la Misa Criolla ganó mucho en la voz de La Negra.
-¿Verdad que sí?- preguntó él, emocionado.
-Absolutamente- dijo Martín, y Miranda estuvo de acuerdo. Cada vez que uno pone un disco de Mercedes Sosa, va y se sienta arriba del parlante. Igual que cuando uno pone un disco de la Callas. En eso, Miranda es una gata de gustos amplios pero certeros. No se copa con cualquier cosa. Ella “sabe”. Realmente.
Y, bueno, eso fue más o menos todo. Le pagamos la garrafa,  con merecidísima propina, y lo acompañé hasta abajo, por si habían cerrado la puerta. Subí. Martín buscaba la versión de Davis del Mesías en la discoteca. Miranda había salido de abajo del forro del sofá y se lamía frente a la estufa encendida. Me senté en el sofá. Suspiré. Siempre se aprende algo.



miércoles, 11 de marzo de 2015

La nena




La niña, de unos ocho o nueve años, estaba siempre en el murito. Una nena de lo más común, nada en su fisonomía denunciaba nada de lo que era capaz: ni sus rubias trenzas, ni sus ojazos verdes, ni su gesto despreocupado, mirando hacia la calle. Pero lo cierto es que cada vez que yo pasaba por ahí (dos veces por día, tres veces por semana, siempre a la misma hora, que es la hora en la que voy al gimnasio a tratar de olvidar que cumplo cuarenta y uno en cualquier momento, y a la vuelta, ya convencido de que los cincuenta y cuatro están ahí nomás), la nena, tan nena, me decía “¡Puto!”.
La primera vez me sorprendió de tal manera y me sentí tan violentamente agredido, que seguí caminando, con la mirada clavada en las baldosas, en plena reminiscencia de mi vida adolescente, cuando gritarme “¡puto!” era algo así como un deporte local en mi ciudad de origen. Además, vamos, ¿qué hace uno cuando se enfrenta a una situación así? Seguí caminando. A la vuelta del gimnasio, que tuvo la virtud de disipar mis dolores retroactivos, la nena seguía en el murito. Debo confesar que consideré cruzar a la vereda de enfrente, pero la dignidad me lo impidió: no podía temerle a una nena. Puse mi peor cara de pocos amigos y avancé con decisión, sin mirarla, pero cuando pasé junto a ella me lo volvió a decir, aunque esta vez lo hizo bajito, casi un susurro: “¡Puto!”. Claro, la madre, o la tía, o la niñera, estaba sentada unos metros más allá, en el jardín resguardado por el murito en cuestión, entregada a algo que me pareció crochet. En fin… la sorpresa, de nuevo. No dije nada, después de todo era una nena. Miré, eso sí, a la señora del crochet, buscando ayuda, pero ella, concentrada en los puntos de algo que se parecía peligrosamente a una carpetita, no se había dado cuenta de nada.
Dos días después, lo mismo. Y dos días después, exactamente lo mismo. Las últimas veces, la nena, aún con la señora del crochet en la vuelta, no había bajado la voz. Ya se había dado cuenta de que el mantel que la mujer tejía le impedía enterarse de nada de lo que ocurría a unos metros de ella. Y dije mantel, sí: la carpetita había crecido y ya no era carpetita nada.
A la semana siguiente tenía que dar unas vueltas antes de ir al gimnasio, así que fui por otro lado  y no vi a la nena, pero, cuando volvía a casa, estaba ahí, en el murito. Y cuando pasé, zas, “¡puto!”. Respiré hondo. Avancé unos pasos y la escuché: “¡Conchuda!”. Y ahí sí, me di vuelta dispuesto a defenderme porque aquello ya era demasiado. Fue entonces que entendí todo: detrás de mí venía caminando una mujer y el insulto era para ella. O sea, todo indicaba que la nena no tenía nada en contra de mí específicamente, sino que su diversión vespertina consistía en insultar a la gente que pasaba y se ve que su repertorio era limitado: “puto” y “conchuda”, y usaba las palabras como si de juguetes se trataran. La mujer miró a la nena con desprecio y le preguntó: “¿Qué te pasa?”, a lo que la nena se fue zumbando al fondo del jardín y se sentó junto a la señora del crochet, mirándonos, desafiante, tan nena, la nena. La mujer encogió los hombros y siguió caminando, meneando la cabeza, en clara desaprobación de la ordinariez de la nena. "Guacha de mierda", me dijo por lo bajo, cuando pasó junto a mí. Con la dudosa satisfacción de mi descubrimiento, seguí mi camino. 
El miércoles, cuando pasaba por el murito de la nena, me lo volvió a decir: “¡puto!”, poniendo esta vez la voz finita, como de dibujo animado. Yo frené en seco y, en un instante, como si me estuviera por morir y la vida me pasara por delante, pensé todas las opciones. Primero, que la nena era más mala que malísima. Después, que seguramente la nena no tenía idea de lo que estaba diciendo y que, además, era evidente que nadie le paraba el carro. Luego consideré que la señora del crochet estaba casi tapada por lo que ahora parecía una enorme colcha multicolor y que, claro, con esa labor, mal se ocupaba de la niña. Entonces miré a la nena a los ojos (muy verdes, divinos) y le espeté: “¡Estúpida!”. La nena se quedó de una pieza: no lo esperaba. Yo me quedé ahí parado, sosteniendo su mirada, dispuesto a lo que fuera. La nena se puso color bordó y gritó: “¡Mamá!” e, increíblemente, la señora del crochet levantó la cara de su labor, miró a la nena y le preguntó qué pasaba. “Me dijo estúpida”, acusó la nena, señalándome con un dedo y confirmando mi teoría de que era absolutamente malvada. Pero el pescado estaba todo vendido, así que me planté a esperar el resultado de mi acción con toda la dignidad de la que se es capaz cuando uno está todo sudado, en short de gimnasia y musculosa. La señora del crochet, en estado de defenestración, recogió, no sin esfuerzo, los múltiples faldones de la colcha, tiró todo a un costado y corrió hacia nosotros. Por encima del murito, me increpó: “¿Qué le dijo?” y yo, como me enseñó mamita, respondí con la verdad: “Le dije “estúpida””. La mujer no esperaba tal arrebato de sinceridad y se quedó, igual que la nena, de una pieza. “¿Cómo?”, preguntó, segura de haber oído mal. “Estúpida”, dije yo, "Estúpida. Le dije "estúpida"". Así, tres veces y remarcando las palabras, cosa de disipar cualquier duda acerca de mis dichos. La mujer me midió con los ojos, azorada, no lo podía creer. “¿Y por qué hizo eso? ¿No le da vergüenza, meterse con una nena?”. “Me daría vergüenza si la nena no me dijera “puto” cada vez que paso”. “¿Qué qué quéeeeeee?”, gritó la señora, incrédula, mirando a la nena, que ya no sabía dónde meterse, por mi acusación, por la reacción de su madre y por la profusión de insultos, ya dichos con todo desparpajo. “Me dice “puto”. Cada vez que paso, la nena me dice “puto”. Y el otro día la escuché diciéndole “conchuda” a una señora que lo que menos tenía era cara de conchuda, fijesé”. “¿Qué qué quéeeeeeeeee?”, volvió a gritar la mujer, al borde del ataque. “Lo que oye, señora. Si levantara la vista de su colcha, se daría cuenta de los desmanes de la nena”, “¡No es una colcha! ¡Es un cubrecama!”, aulló la mujer, completamente desbordada por la situación. “Lo que sea, señora, colcha, cubrecama… ¿no es lo mismo?”, reflexioné en voz alta, “No importa", continué, "Su hija es… su hija es…”, “¡Una nena!”, gritó la mujer. “Ah, mire usted. Así que como es una nena yo no le puedo decir estúpida, pero ella puede decirle puto y conchuda y a la gente que pasa desprevenida", argumenté, a lo que la mujer reaccionó tapando los oídos de la nena con tal vehemencia que temí que le aplastara el cráneo. “¡No diga esas cosas!”, me gritó. “¿Puto y conchuda? ¿Por qué? La nena ya sabe esas palabras. Sin ir más lejos, "puto" me la dice lunes, miércoles y viernes, a las cuatro y a las cinco y media”. “Pero eso no le da derecho a decirle… a decirle…” “Estúpida”, completó la nena, en un hilo de voz. “¡Eso! No le puede decir… eso a la nena”. “¿Y ella me puede decir “puto” a mí?”. “No va a comparar”, dijo ella, y yo, al borde de la indignación consuetudinaria: “Ah, mire usted, qué bárbaro, qué justo…”.  Y cuando iba a empezar un bonito discurso acerca de los deberes inherentes a la patria potestad, el respeto al otro y la convivencia con la diversidad, ocurrió la cosa más absurda: la nena, de pronto, me miró con atención, como si fuera la primera vez que me veía, y dijo “Vos sos el del libro...”. La madre la miró, sin comprender. “¿Qué libro?”, preguntó. “El de los lagartos”, respondió la nena, y entró corriendo a la casa para volver enseguida con una copia de mi libro para niños. Allí, en las últimas páginas, está mi foto. La mujer miraba la foto, me miraba a mí, miraba a la nena, y aún así no podía creer lo que estaba viviendo, ni, mucho menos, entender cómo el autor de un libro para niños podía decir tantas veces "puto" sin ruborizarse. Así que le preguntó a la nena: “¿Y vos le dijiste... “eso” al señor?”. Y ahí la nena miró al piso y asumió su participación en el delito. “Sí”, musitó. Lo demás es bastante obvio: la madre le encajó tremendo reto, la nena me pidió disculpas y que le firmara el libro y ahora, cuando paso por su casa, en vez de “puto” me grita “Fede”.  Te dejo a ti, lector querido, todas las reflexiones del caso.


martes, 25 de noviembre de 2014

Ramos generales



Cuando al mudarnos de Montevideo a Colonia hicimos el traslado del teléfono y nos dieron varias opciones de número para elegir, nos gustó mucho uno en el cual uno de los dígitos se repetía mucho, casi como en letanía. Nos pareció un número divertido y hasta ingenioso, así que le dijimos al muchacho de Antel que sí, que nos diera ese. Después Antel demoró un mes en ponernos el teléfono, pero esa es otra historia.
La cosa es que una vez que tuvimos nuestro teléfono funcionando, lamentamos mucho haber elegido ese número precisamente porque, nos dimos cuenta enseguida, es uno que se presta mucho a la confusión a la hora de digitar.
Vamos, que con esto del celular y sus múltiples posibilidades comunicativas, el teléfono de línea sonaba bien poco en nuestra casa pero, últimamente, el teléfono suena mucho y a todas horas. Y casi siempre es alguien que discó mal. La gente anda muy apurada, muy distraída, tiene problemas de visión, o todas las cosas juntas. Es cierto que nuestro número, de tan intrínsecamente homogéneo, termina pareciéndose a muchos otros números, cosa que hemos comprobado chequeando en internet los números de esos lugares que las personas que han llamado buscaban.
Hice una recopilación, y aquí va, de algunas de las cosas y personas por las que nos han preguntado en este tiempo.

- Te quería encargar doscientos ravioles. Cien de pollo y cien de verdura. ¿Demoran lo mismo en cocinarse?
- Eh... Acá es una casa de familia.
- Ah... ¿No es la fábrica?
-No, señora.
-Disculpe.

-Walter, ¿me podés subir la historia clínica de Rodríguez?
-Creo que tiene el número equivocado...
-¿Walter?
-No, Federico.
-¿Qué Federico? ¿Sos nuevo?
-Eh... No. Se ve que discaste mal.
-"Clic".

-Sabés que los rulemanes que me vendiste no eran los de la marca...
-Disculpe, acá es una casa de familia.
-Ah, perdón.

-Walter, al final la reunión quedó para la tarde...
-Creo que tiene el número equivocado.
-¿Quién habla?
-Federico.
-"Clic".

-¿Panadería?
-No.
-¿Cómo que no? ¿La Asturiana?
-No. Es una casa particular...
-Disculpe.

-¿Walter?
-No, Federico.
-"Clic".

-Che, Juan Pedro, a ver si te das una vuelta. Se rompió el alambrado y las ovejas se están pasando todas para el campito de al lado.
-Eh, no, acá no...
-¿Juan Pedro?
-No.
-Perdón.

Señora-Sí, disculpame, una pregunta: el abono que me vendiste recién para los helechos, ¿va directo o lo tengo que diluir? Porque el sachet está borroneado y no entiendo.
Yo-¿Qué marca es?
Señora-"X".
Yo-(gritando hacia la cocina) ¡Martín! El abono "X", ¿se diluye o va directo a la maceta?
Martín-(desde la cocina) Directo.
Yo-(Al teléfono) Directo a la maceta.
Señora-¿Y lo pongo todo?
Yo- (Gritando hacia la cocina) ¿Todo el sachet a la maceta?
Martín- (Desde la cocina) No, medio está bien.
Yo- (Al teléfono) Medio sachet está bien.
Señora- Muchas gracias.
Yo- De nada. (Cortamos)
Martín- (Apareciendo en la puerta, repasador en mano) ¿Era Mirtha?
Yo- No. Ni idea de quién era.
Martín- Ah...

-Quería saber si allí está internada Carmela.
-No, acá es una casa de familia.
-¿No es el sanatorio?
-No.
-Pero... Bueno, disculpe.
- No se preocupe. Espero que todo salga bien.
-Gracias. "Clic".

-¿Gestión de morosos?
-No, equivocado.
-Disculpe.

-Walter, habla Inés. ¿Tenés idea de dónde quedaron las carpetas de la reunión?
- Eh...
-¿Quién habla? ¿Federico?
-Sí.
-Este teléfono anda como el culo. "Clic".

-¿Panadería?
-No.
-"Clic".

-¿Hola?
-¿Con quién querés hablar?
-¿Taller?
-No.
-Perdón.

-¿Walter?
-¿Inés?
-Sí.
-¿Cómo te va?
-(Silencio incómodo) ¿Federico?
- Sí.
- Puta madre. "Clic".

En fin... Así han sido estos dos meses, aunque ahora se ha calmado un poco la cosa.  Con respecto a "Carmela", que estaría internada, ese día llamaron varias personas preguntando por ella. Luego de atender una de las llamadas, y ya iban como seis, Emilia propuso que si alguien más llamaba preguntando por la pobre, fuéramos hasta el sanatorio, que es acá nomás, a pedir el parte médico. Pero no, nadie más llamó, por suerte. Ojalá haya sido porque ya le  habían dado de alta y estaba todo bien. Les cuento la última, de recién-recién, mientras escribía esto:

-Buenos días. Le quería preguntar si tienen rodilleras.
-(tomado por sorpresa) ¿Rodilleras?
- Sí, rodilleras para las rodillas.
-(Conteniendo la risa) Número equivocado, señor.
-Perdón.

Como dijo Martín el otro día: esto ya no es una casa, es un almacén de ramos generales. Muy generales.

martes, 18 de noviembre de 2014

Pensando en el viejo barrio


Hace muchos años… muchos-muchos, ahora que lo pienso, porque esto que voy a contar fue en el 94, yo vivía en Ciudad Vieja. Por Bartolomé Mitre para abajo, casi en la rambla portuaria. Era un lugar muy interesante, la verdad. En una de las esquinas con la calle Piedras, había una suerte de conventillo donde atendían las prostitutas que se paseaban por, justamente, Piedras. Era una construcción de ladrillo muy vieja y medio derruida, con una abertura sin puerta, tapada con una cortina. Si uno, al pasar, miraba para adentro, veía otras aberturas sin puerta que darían a habitaciones, digo yo, también tapadas con cortinas, o más bien grandes retazos de tela fijados a las paredes con clavos. Frente al conventillo había un bolichón… bah, era demasiado pequeño para ser considerado “bolichón”, así que era un bolichito muy de mala muerte, donde a veces, sobre todo los fines de semana,  se podía ver a las prostitutas bailando con hombres, la mayoría de las veces asiáticos. Claro, era muy cerca del puerto. En fin… Entre las prostitutas había una mujer muy mayor que tenía, claramente, una pierna más corta que la otra. De todos modos, ella, a pesar de sus años y su dificultad física, se ponía unos tacos dorados altísimos y bailaba con sus potenciales clientes con una cadencia que tanto podía ser por puro instinto musical como por la cojera. Me acuerdo de ella muy bien, y hasta hace un tiempo recordaba el nombre, porque era amigota de mi amigo Luis, que muchas veces paraba en la esquina a charlar con ella. Ella, que se prostituía, mandaba a sus hijas, que eran tres o cuatro, a estudiar donde las monjas del Huerto. Me contaba Luis que esta mujer le decía “mis hijas van a tener todo lo que yo no tuve, y por eso me rompo el culo trabajando.  Literalmente”, y se cagaba de risa. De su risa me acuerdo, porque era una mujer que se reía mucho, una risa muy grave de tanto que fumaba. Siempre me saludaba al pasar: “¿Cómo le va, m’hijo?”, me decía, con su voz de fumadora eterna, recostada junto a la puerta del conventillo. Pero esa era toda nuestra relación. Debería haber parado alguna vez a charlar con ella. Y me gustaría recordar su nombre, pero no.
Del nombre que sí me acuerdo es del de una vecina del edificio donde vivía: Lola. Lola era una vieja que vivía en el apartamento debajo del mío y era una persona ruidosa, que siempre hablaba a los gritos y que siempre estaba puteando a algo o a alguien. Se peleaba mucho con su hija menor, que tenía un novio, el Clever, cuya vida consistía en pasar dos o tres meses en el COMCAR, salir, cometer un par de raterías menores, volver al COMCAR, volver a salir, volver al COMCAR, y así. A Lola le disgustaba mucho eso y lo manifestaba a los gritos. Lola se ponía a gritar, su hija se ponía a gritar y la perra se ponía a ladrar. Porque tenían una perra: Katy. Nunca supe el nombre de la hija, curiosamente. Pero el de su novio es difícil de olvidar, claro, incluso aunque éste jamás levantara la voz en los antológicos arrebatos coléricos de su mujer y su suegra. La cosa es que Lola les gritaba mucho. Recuerdo claramente una vez: “¡Porque ustedes se pasan toda la noche chupando culo y después la que limpia soy yo!”. Así nomás, gritado para quien quisiera escucharlo.
Lola tenía otra hija, una travesti que trabajaba en un, éste sí, bolichón por la calle Juan Carlos Gómez. A diferencia de su madre y su hermana, era muy buena vecina. Nunca gritaba, saludaba siempre, era la discreción en persona. Muchas veces me la cruzaba en el ascensor. Y muchas de esas veces venía acompañada. Y era tan educada que siempre me presentaba a sus acompañantes: “Roberto, te presento a mi vecino de arriba…”, “Fernando, él es mi vecino de arriba”, “Song Hu Ling, ¡vecino! ¡arriba!” y nosotros “Encantado, un gusto…”, y nos dábamos la mano con el amigo de turno o intercambiábamos respetuosas inclinaciones de cabeza, lo que correspondiera según el caso. Lo que no sé era cómo hacía para recibir a sus “amigos” eventuales, porque el apartamento donde vivían era igual al mío: un dormitorio y otra habitación que bien podía ser un dormitorio o un living, con baño y cocina minúsculos. Así que cuando estaban todos, Lola, Clever, la otra hija y Katy, bueno, no sé cómo ni dónde atendía. Y es por ella que me acuerdo del nombre de la perra, porque cada vez que la perra se ponía a ladrar durante las discusiones de Lola con su otra hija, ella le decía a la perra “¡Callate, Katy! ¡Callate Katy!”.
La cuestión es que Lola era muy ruidosa y gritaba mucho y gracias al pozo de aire, muchas veces parecía que la tenía gritando en mi propio living. Y la mujer asustaba. La había escuchado muchas veces peleando con la portera, Griselda. Una vez, la pobre estaba hincada en el piso, en cuatro patas, pasando un trapo y Lola le dijo “No te quedes así mucho rato que van a venir por atrás y te van a romper el culo, puta”. La pobre Griselda quedó desolada. Ah, sí… Lola no se destacaba por su fineza. Así que, la verdad, yo no me animaba a ir a golpearle la puerta y pedirle que no gritara más o que al menos cerrara la ventana para hacerlo, porque era, seguro, exponerse a alguno de los arrebatos de violencia de la señora.
Un día, en medio de una pelea de esas que ya estaba durando mucho, se me ocurrió sacar un parlante del equipo de audio por la ventana y poner ópera a todo volumen. Increíblemente, resultó: se callaron. Así que adopté el método. Sí, la música amansa a las fieras. Empezaban los gritos, empezaba la música. Pero una vez el método no resultó. No. Se ve que había pasado algo realmente grave, porque se peleaban y se peleaban sin parar y la catarata de insultos era realmente de antología, así que me dispuse a hacer el tratamiento musical de la situación. Puse a la Reina de la Noche de “La flauta mágica”, y nada. Puse un cd de la Callas. Nada. Puse “La cabalgata de las valquirias”, en versión completa, con las nueve valquirias a los gritos. Nada, seguían peleando. Desesperado, saqué la cabeza por el pozo de aire y les hice “¡Shhhhhhh!”. Nunca lo hubiera hecho: Lola sacó su cabeza por el pozo de aire y me aulló: “¡Haceme shhh en la concha, hijo de puta!”. Yo cerré la ventana y no salí del apartamento hasta dos días después, por las dudas, y a la semana siguiente me puse a buscar casa bien lejos de ahí.


martes, 29 de julio de 2014

Suicidio definitivo



No el mío, claro, que si no, no estaría acá escribiendo, vamos. Si bien hace meses que no posteo nada, estoy vivo. No: el que se suicidó definitivamente fue el calefón. Sí, el mismo que se había precipitado sobre mi cabeza en setiembre.
Estaba sentado a la computadora cuando de repente escuché un estruendo que venía de algún lugar de la casa. Yo estaba tan distraído que no registré de donde había venido el ruido exactamente, pero mi reacción inmediata fue gritar “¡Miranda!”, a lo que ella, Miranda, respondió “miau” directamente desde mi falda, así que, evidentemente, no había sido ella la responsable de la caída de lo que fuera que se había caído. En cualquier caso, la situación ilustra claramente mi grado de abstracción en ese momento: la pobre gata estaba en mi falda, y yo, insensible, retándola por reflejo. No hay derecho. Miranda, como es obvio, me miró con su peor cara de desaprobación. Los que tengan gatos sabrán perfectamente a qué me refiero.
Lo siguiente fue que apareció Martín por el pasillo preguntando qué había sido eso para luego frenar en seco al llegar a la puerta del baño. Se quedó ahí parado, mirando con incredulidad hacia adentro del baño, sin atinar a hacer otra cosa que rascarse la cabeza de pura impresión. Yo me saqué a Miranda de encima, fui corriendo y ahí lo vi: el calefón yacía medio destripado en la bañera, apenas sostenido por los caños que parecían a punto de reventar. Increíble. Y lo hizo solito, esta vez no estaba yo para ayudarlo a caer, pero se ve que luego de aquella primera caída algo quedó flojo en algún lugar y, bueno… el pobre aguantó todo lo que pudo. Hay que ver lo nobles que pueden llegar a ser los calefones. Éste, al menos, esperó a que no hubiera nadie en el baño para lanzarse al vacío. Noble pero depresivo, el calefón, ahora que lo pienso.
En fin... No intentamos volverlo a poner, ya con dos caídas era suficiente. No sólo no daba para arriesgarse, sino que además el plástico exterior explotó, literalmente y se veía que ya no iba a querer más nada.
El sepelio fue breve: lo dejamos abajo, con la basura, y fuimos y nos compramos otro, éste de treinta litros. No digo que nos haya cambiado la vida, pero un poco sí. Ahora los baños son un poquito más largos, y a la edad de uno eso no es poca cosa.
Lo de la edad viene a colación de que cumplí mis cuarenta en abril. No sentí vejez prematura, ni dolor en las articulaciones ni, mucho menos, ramalazos de sabiduría rezumando por mis neuronas. No. Todo siguió más o menos igual. Eso aparte, claro está, de que renuncié a uno de mis trabajos y me puse a tomar clases de ballet. Ah… Eso deben ser los famosos cuarenta: hacer disparates sin culpa y sin conciencia de “disparatez”. Vaya…