sábado, 22 de febrero de 2014

SEIS (CABARET DRAMÁTICO)

Atenti todos, que el 28 de febrero, a las 21:00 horas, se estrena “Seis, Cabaret Dramático”, con dramaturgia de mi autoría y la dirección de Fernando Rodríguez Compare. Va a ir en la Sala 2 del Teatro Circular.
La obra toma como punto de partida los asesinatos de las seis chicas trans que ocurrieron entre el 2012 y el 2013. Sólo uno de esos homicidios fue aclarado. Los culpables de los demás andarán por ahí todavía.
Pero, si bien la obra parte de esos asesinatos, no son los asesinatos en sí mismos lo que ésta trata. La obra habla más bien de cómo la sociedad encara temas como la discriminación y la diversidad, y de cómo se trata al “diferente”. “Diferente”, así, bien entrecomillado. “Diferente”, definición odiosa si las hay para referirse y definir al otro, cuando lo cierto es que el otro siempre es diferente a uno. Todos los otros son diferentes a uno, por suerte, y ahí vamos todos, tan contentos con eso. A mí, por ejemplo, me encanta no ser igual a mis vecinos, pero no estoy pensando en matarlos por no ser iguales a mí. Y alguno me dirá que estoy simplificando el asunto. Pero no.
Bueno, la obra trata sobre eso y de otras cosas, seguramente, pero ahora, mientras escribo esto, es lo que me viene a la cabeza. En ella aparecen madres, vecinos, padres, hermanos, algún futbolista, una psicóloga, "drag-queens", con los actores, que están bárbaros, transformándose en escena, y hay además algunas canciones y algunas proyecciones. Todo para contar cómo, quizás,  se vive en el entorno del “diferente” y las decisiones que tomamos a veces acerca de ellos. Hay humor y dramatismo por partes iguales. Anoche fui a un ensayo y me volví, la verdad, chocho de la vida.
El elenco está formado por Fernando Amaral, Anselmo Hernández, Alicia Dogliotti, Sebastián Cardozo, Lucía García y Nino Márquez.
¡Los esperamos!






















viernes, 13 de diciembre de 2013

Simulacros



Hace unos días estaba nublado y agradablemente fresco, así que decidí ir caminando, al mediodía, desde la Escuela hasta la librería que regentea un amigo a quien le debía una visita.
Cuando me adentro por las calles próximas a 18 de julio, veo que salen de una guardería un montón de niños, todos agarrados a una cuerdita, comandados por una joven maestra, o al menos supuse que se trataba de la  maestra. Los niños tenían 4 o 5 años e iban todos muy concentrados en no soltarse de la cuerda. Preciosos los chiquilines, la verdad. Pero la idílica imagen de la infancia se desvaneció cuando uno de los peques soltó, a voz en cuello, “¡La concha de tu madre”. La maestra, luego de un instante de sorpresa, le preguntó “¿Qué dijiste, Rodrigo?”. Rodrigo, ni corto ni perezoso y consciente de quién mandaba en el lugar, le hizo caso y respondió a la pregunta gritando otra vez “¡La concha de tu madre!”. Por supuesto, la dicción del niño, de tan corta edad, dejaba mucho que desear, pero de todos modos se entendía perfectamente lo que estaba diciendo. La maestra quedó, primero, muda de la impresión, y luego roja de la vergüenza o de la rabia y le espetó “¡No digas esas cosas, Rodrigo!”. Rodrigo la miró, midiéndola con cara de cow-boy y gritó otra vez: “¡La concha de tu madre!”. La maestra: “¡Rodrigo!”. Cuando la maestra caminaba rápidamente hacia Rodrigo, otro niño intervino, gritando, feliz, como si hubiera descubierto algo maravilloso: “¡A oncha e tu mare!”. “¡Sebastián!”, rugió la maestra, al borde del colapso. Nunca lo hubiera hecho porque, de repente y como comandados por alguna clase de voz interior insoslayable, todos los niños se pusieron a gritar “¡La concha de tu madre, la concha de tu madre!”, cada uno en la medida de sus posibilidades fonéticas. Yo, simulando atarme los cordones (me los até y desaté como cuatro veces), observaba todo desde la vereda de enfrente. La pobre maestra se dio cuenta de que no tenía sentido ponerse a gritar en retahíla los nombres de los quince o dieciséis niños y niñas que acababan de descubrir lo divertido que era hacer enojar a la maestra a coro y, rápidamente y al borde de las lágrimas, los metió a todos de nuevo para la guardería, bajo la mirada atenta de otra maestra que se había asomado a la puerta a observar qué pasaba.  Mientras me alejaba pensaba en que de eso se trata lo del “liderazgo negativo” del que tanto hablan docentes y pedagogos. También me quedé pensando en que así se hacen las revoluciones. Vaya uno a saber a dónde estaban llevando a las pobres criaturas y Rodrigo, que era evidentemente un demonio de armas tomar, salvó la situación, no digamos con elegancia, pero sí con inventiva.
Más adelante, a punto de llegar a la librería, una mujer abrió tan intempestivamente la puerta del auto que acababa de estacionar, que una joven que venía caminando no tuvo tiempo de esquivarla y se la llevó puesta. “¡Eh, señora, cuidado!”. La señora no era muy señora y creo que el apelativo la debe haber ofendido, porque le contestó de muy malos modos “Tenés que ir atenta. Si ves que estoy estacionando, es lógico que luego abra la puerta”, “Lo lógico sería que usted se fijara antes de abrir, ¿no ve que las veredas están llenas de gente?”. Yo, a unos metros, simulaba leer sms en el celular.  Tendría que haber sacado fotos, pero no se me ocurrió, seré idiota. Las dos discutieron acaloradamente por unos instantes hasta que la joven, harta, mandó a cagar a la otra y siguió adelante, masajeándose el brazo. Yo iba detrás. Al llegar a la esquina, la joven, tal vez llevada por la lógica de un rabioso soliloquio interior,  se dio vuelta y gritó, furibunda “¡Estúpida!”. Yo estaba tan cerca que si no hubiera visto la situación anterior habría pensado que me lo decía a mí, a pesar de mi barba, que claramente me postulaba para “estúpido”, pero jamás para “estúpida”, pero no, era la señora del auto que, por supuesto, ya no estaba a la vista. Frustrada, furiosa y avergonzada por el papelón, la chica dio una patada en el suelo al mismo tiempo que soltaba un bufido, dobló rápidamente por Carlos Roxlo y se perdió entre la gente. Por suerte en la librería de mi amigo sonaban cantos gregorianos.
Horas después, al tomar el ómnibus desde casa para volver a la escuela, me senté detrás de dos mujeres que iban en animada conversación. Parece ser que había sido el cumpleaños de 15 de “la Patricia”. Una de ellas, que no había ido al cumpleaños, le preguntó “¿Fuiste con los gurises?”, a lo que la otra contestó “Los dos grandes: la Yuremi y el Monparnás. Si llevo a los otros, no puedo hacer nada y tengo que andar cuidando que no se trepen a las mesas y se pongan los manteles como Superman”… Sí, leyeron bien: la Yuremi y el Monparnás, a los que, por lo que me pude enterar, les fue bien en la escuela este año, por suerte. Yuremi y Monparnás. Y estoy seguro de que se escribe así: Monparnás. Dudo mucho que en la cédula diga Montparnasse. Yo, en el asiento de atrás, simulaba un ataque de tos para esconder la risa. Y me retorcía de la curiosidad, esperando que dijeran el apellido de los niños, o los nombres de los otros niños, tan dados a revolucionar cumpleaños y rebolear mantelería.  En cualquier caso, estoy seguro de que Rodrigo, el malhablado de la guardería, haría buenas migas con ellos. 
En fin: me reí tanto ese día, que de noche, a pesar del estrés espantoso de fin de año, me acosté con una sonrisa y dormí como un bendito.

miércoles, 20 de noviembre de 2013

Las pequeñas tragedias cotidianas


Ya desde la mañana la espalda me había estado pasando avisitos, pero esta tarde, en casa, cuando me levanté de la computadora para traerme una taza de café, mi espalda y mi cuello dijeron “Basta”, y me dejaron ahí, doblado al lado de la mesa. “Tortícolis”, pensé. Ufa. Me enderecé lentamente, respirando profundamente, hice unos muy, muy, muy cuidadosos estiramientos y me dirigí al baño, a buscar un *** flex (Sí, ese, exactamente, pero no pienso dar el nombre a menos que la farmacéutica me pague por la publicidad). No había flex, había común, pero me lo tomé igual porque no me relajaría mucho, pero al menos, pensé,  calmaría el dolor. Le mandé un sms a Martín, que estaba por volver a casa del trabajo: “Me dio tortícolis. Comprá *** flex”. Martín me contestó “¿Tortícolis? Nooo, qué embole…”. Y eso fue todo. Me senté en el sillón a esperar que el *** hiciera algo de  efecto, y a esperar a Martín con el *** flex. Prendí la tele y me enteré de que la Ghidone le puso los puntos sobre las íes a la Xipolitakis. Parece que la Xipolitakis, cada vez que ve a la Ghidone o alguien menciona a la Ghidone, se agarra una teta y resulta que la Ghidone, con todo derecho, se cansó de eso. A la luz de las cosas que se decían, creo que la Ghidone puso puntos sobre las íes, las jotas, y de paso puso diéresis, tildes, de todo puso, y tan bien lo hizo que hasta le partió una uña y todo a la otra. Tremendo. Ahí estaba yo, duro en el sillón, tratando de entender qué era eso de la teta y masajeándome la zona dolorida del cuello, cuando llegó Martín. No había comprado el ***flex porque cuando leyó el sms entendió “compré” en vez de “comprá”. Estaba entrando al super a por maní y cerveza para ver el partido (nosotros siempre vemos el partido con maní y cerveza) y, en el apuro, leyó mal. Qué le vamos a hacer. Decidí comprar el ***flex al bajar del ómnibus, camino a la Escuela. Como todos los miércoles, tenía que llevarle la mochila a Emilia. La mochila no sólo es rosada, sino que además hoy estaba pesadísima, así que al levantarla casi me doblo de dolor pero, haciendo gala de un estoicismo mayúsculo, salí rumbo a la parada. Cuando llegó el ómnibus, al intentar subirme usando para ello la pierna derecha, se me trancó todo de nuevo, cuello y espalda. El conductor me miró con curiosidad. Se dio cuenta de mi mueca de dolor, supongo, porque me preguntó “¿está todo bien, flaco?” (Al menos me dijo flaco. Casi paralítico pero flaco) Le dije que sí, cambié de piernas lo más grácilmente que pude y subí al ómnibus. El conductor me seguía mirando, ya no sé si porque casi me desparramo allí mismo o por la mochila rosa, pero hice como que no me daba cuenta de nada y me dirigí al guarda. Pagué el boleto. Cuando voy a sacar el boleto del expendedor, veo que hay dos boletos esperando a ser retirados. Alguien se había olvidado del suyo. No lo pensé y agarré uno de los dos, sin fijarme cuál, y me dirigí al fondo, donde había un asiento. Como no podía girar el cuello, me senté medio de costado para poder ver por la ventana. Minutos después, cuando ya estaba en la puerta esperando para bajarme, se me ocurrió fijarme en el boleto. Era un boleto de jubilado, así que la persona que no había recogido su boleto era, obviamente, un jubilado. Tengo una amiga que dice que los boletos son unos oráculos poco menos que infalibles. Sí. Ella suma todos los números y, según lo que le dé, sabe cómo va a estar el día, la noche, la vida, lo que sea. Pero yo no necesitaba sumar nada, porque allí estaba todo el asunto, expuesto para que yo lo viera: mi futuro era el de un jubilado artrósico. Al borde del brote psicótico de tanta angustia que me dio ese avizorar mi destino trágico, me bajé del ómnibus, entré a la farmacia y, un poco balbuceante, pedí el bendito ***flex. La chica me miró con extrañeza, igual que el conductor, ya fuera por la mochila rosa o por el acendrado patetismo que con toda seguridad destilaba mi cara y, con gesto conmiserativo (casi rompo en llanto ahí mismo), me tendió el ***flex. Llegué a la Escuela, marqué tarjeta, dejé la mochila de Emilia en secretaría, fui a la cocina y me tomé la pastilla. Inmediatamente se me ocurrió (si, después de tomarlo, seré idiota), que ya me había tomado un *** y ahora me acababa de tomar un *** flex, así que, con toda seguridad, yo debía estar al borde de la intoxicación por ibuprofeno. Le di un empujón a Anselmo, me apropié de su computadora y le pregunté todo al Sr. Google. Parece ser que 800 mg de ibuprofeno no califican para sobredosis, pero igual te puede dar un buen ataque de “nistagmo”. Así como leés: nistagmo. Es una cosa horrible, un movimiento involuntario de los ojos, ya sea de costado, vertical, rotatorio o una combinación de todo. Tanto se te sube y se te baja el ojo como se te pone a girar cual trompo,  ¡y uno no puede hacer nada para frenarlo! ¡Nada! Yo me imagino con el cuerpo duro y los ojos revoleando para todos lados sin control y pienso que debería ir y encerrarme en uno de los baños antes de que eso suceda. Pero no puedo: tengo ochocientas cosas para hacer. Mierda. Y lo que no sé es si uno puede ver el partido con nistagmo. Terminarás mareado, digo yo, entre la rebeldía del ojo y el movimiento de la pelota. En fin... Una tragedia, decime si no.

lunes, 18 de noviembre de 2013

De dieta


-Es una dieta disociada- explicó la mujer. El hombre puso cara de no entender demasiado de qué iba la cosa. – Claro- continuó ella- disociás alimentos. Por ejemplo, no comés carbohidratos si vas a comer proteínas, ni proteínas con las fibras, ni fibras con colesterol... ni colesterol con nada, ahora que lo pienso-. Y ahí se mandó unas sonoras carcajadas que hicieron que todos miráramos. 
El hombre que la acompañaba, un compañero de trabajo, supongo, tenía cara de estar tomando, por obligación, un curso de chino de alguna de las dinastías perdidas. –Es buenísima- volvió a la carga la mujer- en los primeros cuatro días bajé 457 gramos-. El hombre pareció sorprenderse -¿457 gramos?- preguntó. –Sí. Me tuve que comprar una balanza electrónica, eso sí, para llevar el control exacto. ¿No es buenísima?
- ¿La dieta o la balanza? – preguntó él.
– Bueno... las dos cosas. La balanza es muy buena, y así me costó, claro.Pero la saqué con la tarjeta en cuotas.
Yo, sentado en el asiento de atrás, trataba de concentrarme en la lectura, pero hay veces que la realidad supera ampliamente a la ficción. Lo de tener que comprarse una balanza electrónica super exacta para poder hacer una dieta, me parece, al menos, exagerado. Pero, bueno, la mujer estaba chocha con su balanza, que quizás la ayude en la dieta por el sólo hecho de su precio cuyo pago no le permitirá, tal vez, comprar demasiada comida. Una balanza personal que muestre los gramos con exactitud tiene que ser carísima.
- Es que no podía más- dijo la mujer – me estaba cansando que era un disparate. Subía las escaleras y llegaba boqueando. Y vos sabés que tengo que subir y bajar esas escaleras ochenta veces al día. Yo me di cuenta que estaba engordando cuando el portero dejó de decirme barbaridades y de invitarme a salir. ¡Si será atrevido! Él sabe que estoy casada porque el Negro va cada dos por tres a buscarme. Claro, cuando viene el Negro se porta de lo más formalito, le da la mano y todo, pero las cosas que me decía no están escritas. Yo al Negro no le cuento lo que me dice el portero porque todavía va y lo mata de una paliza. El Negro siempre fue muy celoso. Pero te decía: a todo esto, el portero dejó de decirme las cosas que me decía, y además al Negro se le ocurrió empezar a decirme “Gorda”, cuando toda la vida me dijo “Rubia”. Siempre fuimos el “Negro” y la “Rubia”, pero pasar a ser el “Negro” y la “Gorda”, te lo regalo. No, no, no, te lo regalo. Pero lo peor de todo, lo peor de todo fue la semana pasada. Yo estaba limpiando el pasillo de arriba, hincada en el piso y ¿no pasa el gerente y no me saluda? Yo, dura,  le dije “Buen Día”, y ahí se da vuelta, me ve y me dice “Disculpe Norma, no la había reconocido”. ¿Entendés? ¡No me había reconocido! ¡Me vio de atrás y no me reconoció! ¡Casi me muero! Ahí fue cuando me dije “Norma, tenés que adelgazar”. Nueva andanada de carcajadas.
El hombre que iba con ella mostraba, a esta altura, un peculiar color morado. No sé si de aguantar la risa o de la vergüenza, porque mientras Norma hacía su cuento, liberaba su veta más histriónica: la última parte de su relato fue hecha casi a los gritos y con una géstica más propia de un gran teatro que de un 116 a las 17:45. Como para que nadie diga que algunos personajes de Almodóvar y Gasalla no son copias del natural.
Lo cosa es que lo que cuento es cierto, palabra más, palabra menos. Cuando veo y escucho cosas así, es cuando me pregunto a qué se referirán algunos cuando dicen que los uruguayos somos tan discretos, prudentes, reservados, formales y hasta grises. A mí me parece que estamos cada vez más pintorescos, cada vez más parecidos a un capítulo de de telenovela argentina Pero no me malinterpreten: me encantó la deshinibición de la tal Norma. Al fin y al cabo me dio algo para contar.

lunes, 11 de noviembre de 2013

¡Corré, Marinela!



A propósito de la violencia, la inseguridad y las lluvias torrenciales, el otro día, sacudiendo mis discos duros, me encontré con esta nota que escribí para Montevideo.com en el 2005. La comparto: me resultó divertidísimo recordar toda la situación.

De película

El miércoles pasado, cuando salí del trabajo, llovía copiosamente. Molesto por tener que gastar en un boleto, me subí a un 116 en Buenos Aires pensando en bajar en el supermercado de Constituyente para hacer las compras. Cuando el ómnibus estaba por ponerse a avanzar, se detuvo abruptamente. Yo, que esperaba que el guarda me diera el vuelto, casi me caigo. Frente al ómnibus, tres personas, dos mujeres y un hombre, discutían con violencia. Una de las mujeres, rubia ella, le gritaba al tipo que le pagara, a lo que el hombre se negaba vigorosamente, entonces la otra mujer empezó a golpearlo, bah, cagarlo a palo, conminándolo a que pagara lo adeudado a su amiga. El hombre les dijo entonces que no pensaba pagar, que la rubia no valía nada y que por eso no le pagaba. El guarda y el conductor miraban la escena y se reían a carcajada limpia. La mujer rubia seguía insistiendo en el pago y el hombre en que no le iba a pagar. Así, a insultos y empujones limpios, nos dieron paso, momento que el conductor aprovechó para avanzar. El guarda comentó que cómo el hombre le iba a decir a la mujer que no valía nada “si estaba fuerte la guacha”. Mirando por la ventanilla vi a las mujeres empujando con violencia al hombre, que paraba los golpes con los brazos (todo un caballero: en ningún momento vi que hiciera el intento de devolver los puñetazos y las cachetadas). En eso apareció un 117 y las mujeres lo empujaron contra él. Mi ómnibus se detuvo: claro, el conductor, igual que todos, tenía una evidente curiosidad por saber cómo terminaba aquello. El 117 frenó bruscamente y una anciana que iba parada en el pasillo desapareció de la vista: se cayó por lo violento de la frenada. En el 116 todos contuvimos el aliento. El guarda del 117 se levantó para ayudar a la señora. El conductor del 117, ajeno a cualquier otra cosa que no ocurriera en la calle, arrancó el ómnibus, pero, dada la batalla campal de la calle, otra vez tuvo que frenar de golpe. Se cayeron el guarda y la señora a medio levantar. En el 116 todos ahogamos un grito de horror: el guarda en cuestión era muy gordo y la anciana, pobre, muy bajita y anciana y, por lo que se podía ver, el guarda había caído sobre ella. Tremendo. Mientras tanto, en la calle, el hombre golpeado esquivó el ómnibus pero las mujeres lo empujaron nuevamente, esta vez contra un 21 a Portones. Más frenadas. Quedó clara la intención de las mujeres: querían que un ómnibus aplastara al desgraciado. Por mal pagador, imagino. El guarda de mi ómnibus cambió su afirmación inicial: estaba bien que el hombre no pagara nada porque evidentemente la mujer estaba loca. El conductor aportó, filosóficamente, que para él estaban todos locos y escapados de un psiquiátrico, mandarse tal escena bajo la lluvia, dondesevió (todo junto, obvio). Yo pensé que aquello tampoco estaría bien con clima seco, pero, bueno... También me puse a pensar en que el hecho de que el cobrador esté loco no es razón suficiente para no pagar una cuenta y que sería de un mal gusto espantoso andar aplastando con ómnibus a los deudores. Si fuera así, éste sería un país de locos y aplastados. En fin… A todo esto el hombre golpeado logró desprenderse de las mujeres y darse a la fuga. Las mujeres corrieron detrás de él gritando como poseídas. Un policía que pasaba, convencido sin duda de que el hombre las había robado o algo peor, salió en persecución del tipo. Dado el suspenso y el hondo dramatismo de la escena, el conductor, que había tenido la intención de reanudar la marcha,  se vio obligado a frenar una vez más. Las dos mujeres, al ver que un policía se sumaba al hecho, se miraron perplejas, salieron corriendo en dirección opuesta y se perdieron calle abajo, una de ellas al grito de “¡Corré, Marinela, corré!”. El policía alcanzó al hombre y con una rápida pero eficiente llave, lo tumbó en el piso. Cuando se dio vuelta para ver si las pobres mujeres indefensas venían a recuperar sus pertenencias o su honor mancillado, observó, con estupor, que nadie venía a reclamar nada. Se quedó ahí, bajo la lluvia, sin saber qué hacer con su cara de héroe ni con el tipo que tan hábilmente había detenido. Se rascó la cabeza pensativamente y, por las dudas, le puso las esposas. En el 117, la señora mayor, aunque visiblemente asustada, ahora ocupaba un asiento y no parecía haber sufrido mayores daños. El guarda, en cambio, se frotaba un codo con gesto adolorido. 
Finalmente todos los ómnibus arrancaron. Miré el reloj y eran las 22:15. Bien, todavía podía llegar al super, que cierra a las 22:30. Pero no, porque el super empezó con los horarios de invierno y ahora cierra a las 22:00. Llegué a casa todo mojado, sin comida y de mal humor. Por suerte quedaban fideos.

miércoles, 6 de noviembre de 2013

¡Bronquitis!



El jueves de la otra semana me desperté sintiéndome medio mal y con fiebre. 38.5, exactamente. No le di pelota y me fui a trabajar de todos modos. En el correr de la mañana me fui sintiendo cada vez peor, pero me tomé unos perifares y seguí adelante. De tarde seguía con fiebre. Igual, volví al trabajo, religiosamente, a las 18:00. De noche, al llegar a casa, me quería morir, así que me metí en la cama y me dormí, bah, me desmayé hasta el día siguiente. Me levanté de nuevo con fiebre, pero cuando me disponía a hacer todo eso que uno hace al levantarse (las abluciones matinales y los huevos revueltos) Martín logró apropiarse del termómetro y vio lo insoslayable: 38.9. Yo me hice el canchero y le dije que igual iba a trabajar, mirá si iba a faltar así, avisando tan sobre la hora, que daba clase a las 8:00 y que bla, bla, bla. Para qué. Martín, casi que fuera de sí, amenazó poco menos que con atarme a la cama y en medio de la diatriba que me soltó acerca de lo irresponsable que era con mi salud y la mar en coche, me encajó un perentorio “¡ya no sos un chiquilín!” que me sumió en la depresión, me hundió en el sillón y me hizo decirle que “bueno, está bien, llamá al médico”. Llamó al médico y yo llamé a la Escuela para avisar que no iba. Desde la Escuela Jimena me dijo que tenía voz de cadáver y escuché a Anselmo de atrás que le decía “¡que no se preocupe, nos arreglamos!”. Corté con cierto alivio pero, en la media hora que demoró en llegar la doctora, envejecí unos 47 años por culpa del “ya no sos un chiquilín” de Martín. Sí. Para cuando la doctora llegó, yo era un anciano muriéndose de algo gravísimo. Tremendo.
La doctora entró. Yo tosía y sudaba. La mujer me miró con suspicacia. “¿Fumador?”, preguntó. Yo palié el tenso momento mirándola de cotelete y con un nuevo acceso de tos. Ella sonrió con sorna y ahí fue cuando Martín me vendió con total descaro: “sí, fuma”. Yo lo miré, incrédulo, desarmado, dispuesto a no perdonarle nunca, nunca, tamaña traición. 
Total, la mujer me auscultó y, rápida para el diagnóstico, sentenció “Bronquitis. Aunque muchos de esos chiflidos que se escuchan en el pulmón seguramente sean del cigarro”. “¿Seguramente?”, repetí en mi cabeza, “¿Chiflidos? Cagamos, es verdad: me estoy muriendo”. Martín, que quién sabe por qué oscuro motivo estaba dispuesto a arrojarme en el negro pozo de la ignominia frente a la doctora, me acusó flagrantemente: “Está con fiebre desde ayer pero igual quería ir a trabajar”. La doctora me miró nuevamente, como si yo fuera un caso digno de estudio o un demente o un criminal de la peor calaña y me preguntó “¿Me dijiste que tu edad era…?”, así, levantando el tonito de la frase en el final interrogativo. Yo no sé si era la fiebre, pero creo que hasta vi los puntos suspensivos en el aire. Entre dientes, rumiando el rencor, le dije “treinta y nueve”. Y la mujer se rió. Se rió. A ver: se rió, así como te cuento. Para sumar escarnio, Martín me miró con cara de “te lo dije” (y si pudiera levantar una ceja sola, lo hubiera hecho, pero no, así que me puso cara sin ceja levantada, pero de lo más expresiva igual). La doctora, cuya verdadera vocación debía ser el stand-up, siguió adelante, divertidísima con sus alocadas ideas: “Claro, lo que vos querés es agarrarte una buena neumonía. Es eso, ¿no? ¡Ah, qué lindo! ¡Muy lindo, sí!” y luego, cambiando el tono dicharachero a voz de enterrador, continuó “A tu edad, si hacés 38.5 de fiebre DOS días seguidos (el dos lo dijo en mayúsculas), te quedás en la cama. No te vas a ningún lado, te quedás en la cama. Y más con este clima”. “A tu edad”, ¿pueden creer? Así que mientras Martín bajaba a abrirle a la doctora, yo envejecí unos 9 años más. Carajo. Me acosté, y como la fiebre no cedió hasta el domingo de tarde, me quedé en la cama hasta el lunes, de pura angustia. Y fiebre, tos y mocos, claro. Ya estoy mejor. Gracias.

jueves, 17 de octubre de 2013

El viaje a Neuquén: primera entrega


 

Estoy en falta, chiquilines. Doblemente en falta porque debo dos posts. Bueno, ta, no puedo con todo. Entre el viaje a Neuquén y la gripe fatal que me traje de allá, la verdad, no he podido. Pero decidí no sentirme culpable por eso. Sepanló, así, con tilde al final.
Tengo muchas cosas para contar. Por ejemplo que fui a Buenos Aires en el nuevo barco de Buquebus, el “Francisco”. Sí. Yo pensé que con ese nombre todo el evento de subirse al barco iba a estar imbuido de, no sé, cierta caridad cristiana, pero no. Aquello fue la misma salvajada de siempre. Todo el mundo corriendo, vigilando por el rabillo del ojo a ver si los contrincantes estaban muy cerca o si han podido dejarlos atrás. En fin, un horror, como siempre, sólo que con otro barco. La solidaridad brilla por su ausencia, las ancianas se transforman en monstruos capaces de hacerte zancadillas con los bastones, y todo es corridas de un lado a otro, todos tratando de asegurarse un buen asiento. ¡Por qué no los numeran, digo yo!
La cosa, de todos modos, para mí, empezó antes, cuando una señora venezolana pensó que yo le quería sacar su lugar en la cola y se dedicó, a partir de ahí, a golpearme con la valija en cada una de las vueltas de la fila, de manera de mantenerme a prudente distancia. Y les puedo asegurar que me encajaba la valija en las canillas a propósito, para darme una lección de algo. En cualquier caso, era interesante estar allí. Yo no sé si es que el “Francisco”  todavía tiene olor a estreno, pero la gente, sobre todo las mujeres, llegaba al puerto de lo más producida. Casi como para una fiesta, diría yo, un cóctel, aunque a mí me hizo pensar más bien en las matinés de domingo del cine Artigas, en Durazno. La cosa es que ellas llegaban con sus bolsos de Gucci y algún foulard DKNY puesto como al descuido, todas peinadas de peluquería y con el maquillaje impecable, pero la elegancia se les iba al traste nada más ver la cola de 600 personas esperando para hacer el check-in. Sólo unos pocos elegidos zafaban de la cola eterna para hacer el check-in en la ventanilla exclusiva de los vips (y los vipísimos, diría mi amigo Moix) y luego pasar directamente al barco, entre risas alocadas y copas de cava (digo cava para que no se me enojen los franceses, pero me refiero al champagne).
Los demás, a la cola de, no digamos los pobres, pero sí la clase media. O sea, por más Gucci, DKNY, Armani y Carrie Van Hise, lo cierto es que allí, todos éramos clase media. Ahora que lo pienso, hasta los de la ventanilla de los vips eran clase media. Vamos, que los ricos no viajan en barco a Buenos Aires: van en avión directamente. Y los riquísimos en avión particular. Los más excéntricos en helicóptero. Y me dijeron que López Mena se teletransporta, así que… Claro, si el tipo viajara una sola vez en sus barcos y se viera enfrentado a las colas eternas y a las señoras que usan sus valijas como si de armas se tratara, pensaría seriamente en si es buena idea seguir dándole buques al mundo.
Pero, volviendo al tema, me apenaban las señoras: tanta producción para nada. Una hora después, con todos parados allí, amontonados y muertos de calor en la recepción del puerto, los peinados se veían deslucidos y el maquillaje amenazaba con resbalar cara abajo. Y después vinieron, luego del trámite de migraciones, las corridas por el asiento. La única satisfacción que tuve, y una muy tonta, lo confieso, fue que la venezolana de la valija asesina iba en clase económica y yo en turista, un piso por encima de ella. Les juro, cuando me vio subir las escaleras casi le da un vahído. Porque, aparte, yo no sé cómo hizo, pero lograba estar siempre delante de mí. Tenía necesidad de venganza por mi afrenta (imaginada por ella, la muy paranoica) y me mantenía a raya con su valija marca Totto, la recuerdo perfectamente, marroncita y sin gracia. Lo hizo incluso cuando bajamos del barco. Sí, no sé cómo, pero logró quedar delante de mí otra vez, ¿no es increíble? 
Pero algo bueno hay que decir: el “Francisco” es realmente rápido. Va como pedo: en dos horas y cuarto ya estaba en Buenos Aires, con cinco horas para gastar antes de tomar el avión a Neuquén. Y como soy muy ocurrente, tuve una idea genial: ir a pie desde el puerto a Aeroparque, total, tenía tanto rato… Pero esto se los cuento en la próxima, ahora me tengo que ir a pulir los callos que me salieron después de esa caminata infame.