sábado, 18 de enero de 2020

Pensando en Valizas y "La bondad de los extraños"

Hace un par de días, en Valizas, balneario uruguayo, una chica perdió la conciencia y se despertó en el baño de un boliche para descubrir  que su vagina había sido salvajemente mutilada. La joven no guarda recuerdos del hecho, por lo que se sospecha que fue drogada. A propósito de este acto terrible, Martín me recuerda "La bondad de los extraños", un texto que escribí hace algunos años y que fue llevado a escena por Lila García, con un elenco maravilloso: Alicia Dogliotti, Pablo Robles, Gianinna Urrutia, Elina Marighetti y Paula Botana.
No es nuevo esto de mutilar los genitales de las mujeres y no responde únicamente a rituales de exóticas culturas "salvajes" que "no saben lo que hacen", sino, como es el caso de Valizas, a la más simple perversión comparable a otra cosa que ocurre con brutal frecuencia: tirar ácido a la cara de las ex novias, ex esposas o cualquier mujer que pretenda no cumplir con los mandatos y caprichos de los hombres. La mutilación genital femenina siempre ha estado más cerca de lo que pensábamos y lo cierto es que las mujeres nunca han estado seguras. Nunca. De eso trata, entre otras cosas, "La bondad de los extraños". Acá les dejo un fragmento. Las fotos de la obra, claro, son del mágico Alejandro Persichetti.




Blanche encuentra una página en la historia clínica. Le tiende la historia clínica abierta a Collins, éste la toma. Mira a Blanche con curiosidad.

Blanche: Lea.

Collins lee.

Blanche Joven: “O le ponés freno a esa hija tuya o se van a tener que ir”. Eso dijo mi abuelo. Fue al mediodía, estábamos todos en la mesa. Mi abuelo hacía eso, daba sus anuncios y sus órdenes al mediodía o a la cena, cuando todos estábamos a la mesa, para que todos se enteraran y nadie dudara ni por un instante de su autoridad. Mi madre crispó los puños, y yo todavía no entendía que el abuelo hablaba de mí.
Louise: Porque todos hablan, hablan, hablan. Pero nunca nos dicen nada.
Blanche: Me dio un cachetazo, allí, delante de todos.


Blanche Joven: Mi madre ya había intentado todo para que yo dejara de masturbarme, pero yo no podía ni quería evitarlo. Luego de mis revelaciones en el bayou, parecía que todo me llevaba a ese lugar entre mis piernas… ¡Yo ni siquiera me daba cuenta de cómo empezaba! Mi madre, que no solía prestarnos mucha atención, un día observó que yo andaba como alucinada y no tardó en entender el motivo. A mí se me había abierto una puerta que mi madre se empeñó en cerrar sin dar explicaciones. Primero fue un bofetón. Luego otro. Luego una paliza con la fusta de mi padre. Pero nada, no había manera, de alguna manera u otra, yo siempre terminaba con las manos ahí. (Se ríe) “Ahí”. Ni siquiera hoy puedo decir el nombre. “Ahí”. Pero nadie me explicaba nada, así que yo no entendía por qué no podía tocar mi cuerpo ni qué mal hacía. Los golpes no dieron resultado. Lo siguiente fue atarme las manos a la hora de dormir e incluso, un día, atarme en el patio, como a un perrito que se hubiera portado mal. Luego alguien le dijo algo acerca de la pimienta de cayena, y empezó a untarme los dedos con salsa de pimienta. Nada. Y después mi abuelo dijo eso que dijo, y lo siguiente es que mi madre me llevó al médico para que me operaran de apendicitis. El médico, mientras me ponía la mascarilla de la anestesia me dijo: “ya vas a ver: después te vas a sentir mucho mejor”.


Blanche: Quise preguntarle de qué hablaba, porque en realidad, en ningún momento me había sentido mal, pero la anestesia estaba haciendo efecto y me dormí. Recuerdo con aterradora claridad la cara amable del hombre, tranquilizándome antes de hacer la salvajada que estaba a punto de hacer.
Collins: Blanche…
Blanche: ¿Qué?
Collins: No sé si…
Blanche: Sí, eso que está pensando.
Collins: No puede ser…
Blanche: Oh, sí… Me amputaron el clítoris, doctor.

Collins la mira con horror. La luz sobre ellos se extingue rápidamente. Louise y Delphine siguen sentadas en la cama. Delphine le toma la mano a Louise y apoya su cabeza en el hombro de ésta. Mientras Louise habla, Delphine le acaricia la mano, el pelo, la mira con ternura infinita.



Louise: (Al público) Mi nombre es Louise. La mayor parte de mi problema, por llamarlo de alguna manera, es que nadie me explicó nada, nunca. No porque las explicaciones, en mi caso, hubieran servido para algo, pero aún así… ¿No es natural que una se vuelva loca cuando se da cuenta de que han dispuesto de su cuerpo sin siquiera pedirle una opinión? En las fotos que existen de mí cuando era una niña pequeña, se puede observar a un pequeño ser humano feliz, lleno de vida. Pero en las fotos siguientes, luego de mi cumpleaños número seis, mi gesto se ve cambiado. Hay dolor, rabia contenida, una profunda tristeza… Nadie me preguntó nada. Todavía no sé bien qué me pasó porque, aunque pregunté, no obtuve respuestas claras. Y me volví loca. Loca de la pena, loca del dolor de saberme incompleta y no entender por qué. Sé que mi padre murió poco después de que me internaran. Mis hermanos se olvidaron de mí. No sé dónde están, no sé si tengo sobrinos… Nada. Básicamente, no sé quién soy. Me di cuenta de todo temprano en la adolescencia. Mi madre había muerto, y esa primera noche mi padre me mandó a dormir a lo de unos tíos, con mis primas. Mis primas eran muy divertidas, y muy… libres. Se desnudaron delante de mí esa noche, mientras se preparaban para acostarse. Era la primera vez que yo estaba en una misma habitación con otras mujeres desnudas, así que las observé. Y me di cuenta de que algo era diferente. Mi vulva era diferente… De hecho, yo no estaba segura de tener una vulva… tenía algo, pero ciertamente no era como la de ellas… Pero lo más sorprendente era la naturalidad con que ellas vivían su desnudez. Se lo pregunté después a mi padre. “Ya sabés cómo era tu madre”, respondió. Y fue todo lo que dijo. Pero yo recordé que el año anterior, cuando mi primera menstruación, mi madre me había llevado al ginecólogo. La peor vergüenza de mi vida, yo, en esa camilla. Tal era mi vergüenza, que no recuerdo nada de la conversación que tuvieron mi madre y el médico, allí, delante de mí. Cuando salimos le pregunté a mi madre qué era todo aquello de lo que hablaban y me dijo, casi con rabia: “Nada de tu incumbencia”. Eso me dijo. ¿Nada de mi incumbencia? ¡Era de mí de quien hablaban! De mi vulva, mi vagina, mi clítoris, mi menstruación… De mí… A fuerza de romper platos y aullar hasta quedar morada logré que mi padre me dijera que me habían extirpado los labios cuando tenía un año, y el clítoris cuando tenía seis, a pedido de mi madre. Menos de dos años después de su muerte, mi padre y mis hermanos me encerraron aquí. Fue por mi depresión, por mis ganas de morir, por mi rabia, que se me hacía difícil de contener, pero sobre todo para que no preguntara más nada y para esconder la vergüenza de su delito… No resisto bien la felicidad de los demás, no la entiendo. Y resulta que acá, al menos, todas, de una manera u otra somos raras.



Delphine la abraza. Vuelve la luz sobre Blanche y Collins.

Collins: Oh, Blanche…
Blanche: Una piensa que esas cosas ocurren en lugares distantes, exóticos, salvajes, en África, en Asia, sitios como esos. ¿No lo aprendió en la universidad? ¿Sabe cómo fue? Los médicos, en el siglo pasado, iban a los mercados de esclavos y veían a todas esas africanas amputadas y las encontraban tan apacibles, tan resignadas... Aprendieron el procedimiento, en nombre de la ciencia. Los tipos pensaron que habían descubierto la cura para la histeria, ¿entiende? Se creyeron… no sé qué se creyeron… Pero lo han estado haciendo… Lo siguen haciendo. Durante mucho tiempo pensé que era la única, pero no… he visto a varias aquí adentro, además de a Louise… ¿Nos puede culpar por volvernos locas?
Collins: Qué horror… No sé qué decir… Yo… ¿Y usted? ¿Cómo ha vivido?
Blanche: ¿Alguna vez ha sentido un dolor muy fuerte?
Collins: Sí.
Blanche: Multiplíquelo por cien.
Collins: No lo puedo imaginar.
Blanche: Ni podrá. Porque si fuera sólo el dolor del cuerpo… Pero no.


Blanche Joven: Yo me buscaba la cicatriz de la operación de apendicitis y no la encontraba, pero sentía ese dolor terrible entre las piernas. Y nadie me decía nada.
Blanche: Me trataban como si en efecto me hubieran operado de apendicitis. No me dejaban levantar, me daban sopa de verduras, pollo hervido, cremitas de fécula… No sé cómo he vivido.
Blanche Joven: Y días después, cuando el dolor había cedido, quise tocarme, pero algo se había apagado. Mi cuerpo ya no era mi cuerpo. Y después, me olvidé de todo… Olvidé todo…
Blanche: Han tenido que pasar años y desgracias sobre desgracias para que yo pudiera recordar todo… Y lo peor es que al principio no quería creer en lo que recordaba.
Blanche Joven: Tenía que ser un sueño. No podía ser cierto. Era un sueño. Sí, sin duda había sido un mal sueño.
Blanche: Salí furibunda a acostarme con todo el mundo. Y lo hice. Me acosté con todo el que quisiera acostarse conmigo. ¿Para qué? Para no sentir nada. O sentir algo, pero nunca llegar a nada, nunca, jamás poder llegar a nada.


lunes, 14 de octubre de 2019

"La desmesura": cierres y despedidas.





Terminé en estos días de escribir mi nueva obra de teatro, “La desmesura”, texto que me ha llevado por caminos bastante nuevos y desafiantes. El proceso fue más rápido y devastador que lo habitual en mí: seis meses de pura intensidad. Y entre medio, ensayando y poniendo en escena mi obra "Seis, todos somos culpables" con mi gente querida de Colonia; el viaje a México para montar "Mi vida toda" y dar un taller de teatro para personas trans con mis compañeres de Medusa Teatro y la ida a Córdoba para ver la obra "Bilis Negra", de Daniela Martín y Maura Sajeva, pieza que en poco más de una hora me puso la existencia patas arriba y me tiene desde entonces calibrando sus efectos en mi alma. En fin... Todo un viaje en muchos sentidos y no sólo porque entre tanto movimiento la obra fue, en gran medida, escrita en aeropuertos, terminales de ómnibus y hoteles de cinco países: Uruguay, Argentina, Brasil, El Salvador y México. (Seré regio, che. Todavía no lo puedo creer, tanto viaje). O sea, ya el año venía movidito y encima me pongo a escribir esto. Si bien me doy cuenta de que este texto nuevo podría ser algo así como una evolución de “Tal vez tu sombra”, se ve que me agarró más grande y, aunque también explora los derroteros de las relaciones de pareja y de algunos vínculos sexo-afectivos, la forma, los temas de fondo y la manera de contarlos no son, me parece, los más habituales en mi producción. Y ocurrieron cosas "raras". Llegué, por ejemplo, a sentirme un mero espectador en algunos tramos del trabajo. Nos pasa eso, pienso, casi siempre: por más que uno planifique, diseñe, tome miles de notas mentales y en papelitos, hay un punto en el que uno tiene que soltar el timón para entorpecer lo menos posible el crecimiento de sus propios personajes. Pero en este caso la independencia de los tipos fue brutal. Tuve que lidiar con esa sensación, que sospecho que es lo que devino en una muy dolorosa lumbalgia (la edad, claro, pero también los afectos y la temática de la obra) y, además, con algo que me ocurrió durante todo el proceso y es que mis personajes, por fuera de la obra, empezaron a manifestarse en forma de poemas o textos poéticos ¡de madrugada! Yo soy lo más diurno que hay, a las once de la noche me metí en la cama y no me hables hasta la mañana, pero los tipos se empeñaron en despertarme a las tres de la mañana para contarme estas cosas que pongo a continuación. Nunca había escrito poesía hasta ahora, (miento, entre los 18 y los 20 escribí unas cosas horribles, claro, como todo el mundo) y no sé si voy a seguir, porque esto ocurrió en estrecho vínculo con la escritura de la obra y son sensaciones que corresponden a los personajes y las cosas que les ocurren en ella. Escribí algunos textos más pero siento que estos cinco, puestos en orden cronológico, cuentan mucho de mi proceso y del pathos de la obra, y por eso me interesan sobre todo ahora que estoy cerrando, revisando y revisándome. Algunos los he compartido en las redes y ahora los reúno acá por dos motivos: para no perderlos y porque el señor Blogger me dijo que si no publico algo pronto me va a clausurar. Un antipático, pero es verdad, tengo el blog abandonadísimo. ¡No puedo con todo, che! Así que esta es una buena excusa para mover un poco las cosas y para ayudar al cierre y las despedidas. 
Por cierto, “La desmesura” ya tiene elenco, directora y equipo técnico. Estrenamos en marzo. Les avisaré oportunamente. Acá van los poemillas y unas fotitos del elenco y la directora de la obra, en una pre lectura que hicimos hace un par de meses, cuando la obra estaba por la mitad. Necesitaba escuchar las voces de los personajes, así que le pedí a la directora, Andrea Rodríguez Mendoza, que juntara elenco: Emilio Gallardo (ya se puede decir: es mi actor fetiche), Bruno Guerra, Franco Rilla y Federico Repetto. Con ellos vamos a estrenar en marzo, estoy enamoradísimo. Son un grupo humano increíble y talentoso. El de la compu soy yo, claro, escribiendo en un aeropuerto, El Salvador, creo.


I

Habito un universo
renacido por tu voz-
zigzag de escamas verdes
susurro deslizante
marca de humo
color de humo
olor de humo-
que aún muda
y tratándome de usted
se trepa,
enroscada por mis piernas,
hiedra fatal
que me devora



II

Inventar o hacer el intento de inventar
un nuevo trazado para la intimidad.
La timidez del principio
y sus torpezas
Los “confiá en mí”, los “yo me ocupo”
El café, un libro, una ventana
El mechón de pelo rebelde que hay que domar
con la propia mano o la del otro
Los violines de Biber, “Volver a los diecisiete”,
Un rayo de luz, una rama
la luna y los abrazos
Todo lo que parece nuevo
porque lo vemos juntos en este “juntos”
que intentamos crear
Una idea sobre el destino
Forzar la casualidad
Buscar la causalidad
Encontrar la diferencia en la evidente similitud
y agradecer en silencio esa diferencia
y la capacidad de sentir esto
que tal vez nos destroce
otra vez
Llorar las lágrimas de una emoción
que siempre,
siempre parece nueva
Y así con todo. Otra vez.
Vuelve a empezar.



III

Pensé que iba a ser posible
hacer silencio
desaparecer
acallar el aturdimiento de plomo
las voces
Dejarte ir
pensar como si nada
en tu espalda enfundada en gris
atravesando aquella puerta
dejándome atrás
Pensé que podría
ser la piedra de mi propio nombre
La piedra fría
dura insensible muerta sorda
inmune al aullido voraz
de los lobos del tiempo
capaz de no contar los días
las horas
los besos
La piedra apaciguada
que desde el fondo oscuro
ve sin inmutarse
la estampida de este río enceguecido
de existir
Todo eso pensé pero no pude:
en el torpe intento de negarme
envejecí cien años
No soy más que un grito decrépito
buscando romper desde la nada
sin armas ni esperanza
tu indiferencia de cadáver.



IV

Estuve ahí
bajo esa ruana
es verdad que estuve ahí
Sentí tu olor
sentí los latidos de tu corazón y
más importante
sentí el latido de nuestros corazones
casi al unísono
o eso me pareció
Pero no fue
no pudo ser
La ruana, negra, me rozó la cara
cuando me abrazaste
Recuerdo la aspereza del tejido
y cierto susto, cierto pasmo
la inquietud
Tal vez eso debió advertirme
no lo sé
Quizás nada latía al unísono
ni siquiera entonces
¿Qué le voy a hacer?
Siempre creo sin preguntas
en todo aquello en lo que decido creer
El más terco, es verdad. No me arrepiento.
Tal vez hubo señales
pero no importaron:
no importaron los pájaros
huyendo del balcón cuando entramos
ni el humo del palo santo, después,
escapando por la ventana
para fundirse en aquel viento helado
Ni tus propios ojos
perdidos en algún lugar
fuera de mí, lejos de mí y de ti.
Todo huía de la marea del desamor,
imparable hambrienta feroz,
y su resaca. Todo huía
como en un big-bang siniestro.
Ahora lo veo
entonces no.
Pero estuve bajo esa ruana
y en tus brazos, no lo soñé
ni siquiera vos podrías negarlo
Yo no podría tampoco
ni quiero
El amor desconsolado
siempre buscará su colmo
en esa imagen en la que pueda verse
justo antes del desconsuelo,
justo antes de olvidar
que supo tener otro nombre.



V

Vine a decirte que te amo.
Desde algún lugar imposible, tal vez, puede ser
Quizás. No sé bien, pero sí:
te amo desde una de esas zonas recónditas del alma
en las que uno amontona las cosas que duelen
o avergüenzan
o nos brillan demasiado como para andar mostrándolas
Como mi madre, que guardaba sus mejores joyas
en una cajita al fondo de un ropero
fuera de la luz, para nunca usarlas
Y esto te lo digo porque sé que algo intuís
acerca de alhajeros y, quizás, de tesoros escondidos
que resultan no servir para nada de lo que uno quisiera:
un par de besos
más de un abrazo
ciertas miradas
ciertas palabras
algún portazo del que pensamos, en su momento,
que protegía nuestra dignidad, nuestro estar enteros
y no:  sólo era ruido para ocultar lo transparente.
El caso es que hay amores que enceguecen, ya lo sabés
No necesitás que te lo diga yo, tan luego
Yo, tan nadie. No necesitás que me arrogue ciertas voces,
ni que haga de mis afectos prebendas. Yo tampoco.
Tan vano todo, ¿verdad? Mi pretensión,
digo, aunque ya pueda reírme.
Pero si te lo cuento es porque
merezco decirlo después de todo
y porque creo que merecés saberlo:
te amo. Al fin y al cabo el amor en sí mismo
siempre es una cosa buena. ¿Por qué no iba a decírtelo?
Te amo. Punto. La frase no continúa más allá de ese lugar.
Te amo, creo, como se ama a algo que uno no puede asir
pero igual está allí, de alguna manera
como algo en lo que uno cree sin haberlo visto
como algo que a uno le contaron, pero no vivió
Como si tuviera fe, por ejemplo
o creyera en Dios, en cualquier dios,
cualquier encarnación de lo divino
en la tierra y al revés, ¡justo yo,
que hace años que no creo en nada!
Un dios. Es posible que te ame así.
Como se ama a un dios, con temor reverencial
pero sin dramatismos ni urgencias.
Con la repentina claridad que da haber atravesado
ese río del dolor en el que me sumergí a conciencia
para nadar entre sombras
(los ríos del dolor siempre ocurren de noche),
sin detenerme. Llegué, no sé cómo, al otro lado
aterido y muerto de miedo porque descubrí
entre brazadas y manotazos
que la oscuridad respiraba conmigo
Pero estaba vivo, al fin, y pude dar algunos pasos
para alejarme de esa orilla. Algunos pocos pasos.
Dos, tres, no muchos más: la orilla sigue ahí,
yo la veo, ella me ve.
Total, que vos allá y yo aquí.
Yo, con la discreta calma de saber lo que siento
sin reproches ni planes ni nada estridente,
sólo el saber y el dudoso orgullo de sentir
ya por fuera de todo lo heroico y desmesurado
La discreta calma, ¿entendés?
Esa calma de la señora inglesa
que servía el té en medio del bombardeo
sin que le fallara el pulso
porque, claro: el té era
la completa razón de la existencia
El té era el que mantenía todo en su lugar
para que nada muriera. Así.
Así  la calma.


 

 

 










martes, 21 de mayo de 2019

Isireri


En San Ignacio de Moxos, Bolivia, hay una laguna: la laguna de Isireri. Hay muchas leyendas que explican la existencia de esa masa de agua en ese lugar y que en general involucran a un espíritu o "jichi" en forma de serpiente que rapta a un niño pero deja, como pago o resarcimiento, ese enorme ojo de agua fuente de vida. Sobre esa leyenda trabajamos con mis compañeras de Medusa Teatro, Alicia Dogliotti y Gianinna Urrutia, en febrero de este año, cuando fuimos a ofrecer un taller de Arte Escénico para la Escuela de Música de San Ignacio de Moxos, atendiendo a la invitación de su directora, la queridísima Raquel Maldonado. Durante el trabajo fueron surgiendo y escribí estos breves textos que cuentan los hechos desde cada una de las partes implicadas en la versión más consensual de la leyenda: la serpiente, la madre que lava ropa en unos pozos o "yomomos", y su hijo, Isidoro. Alrededor de esta historia y estos textos hicimos, con los alumnos de la escuela, niños, adolescentes y adultos, un evento performático a orillas mismas de la Laguna Isireri. Una experiencia que aún nos ocupa buena parte del corazón.


 I


Mil años. Mil años he dormido. Mil años he soñado. He soñado con el agua, he soñado con el sol. Mil años. La luna me ha cantado y en mi sueño de mil años la he escuchado. Sus canciones son de plata y tantas me ha cantado que me he quedado quieta. Mil años escuchando, mil años esperando, mis ojos vueltos hacia adentro en el sueño de mi alma. Un grito me ha despertado: "¡Isidoro!", y es lo que hay dentro del grito lo que me ha llamado. "¡Isidoro!".
Voy hacia allí, sacudiendo mi sueño de mil años, sollozando por mi sueño de mil años. "¡Isidoro!", grita una vez más la mujer, y yo voy hacia él porque, de pronto lo he sabido, es a él a quien yo quiero.



II


Algo va a ocurrir. Lo siento en el cuerpo, en todo el cuerpo, pero sobre todo en las manos. Sí, las manos. No parecen mis manos. No sé qué significa. Aunque quizás no sean las manos sino la misma ropa. Las manchas no salen, es como si no quisieran salir, y por eso sé que algo va a ocurrir. ¿Cuántas veces he lavado esta camisa? ¿Cuántas? Muchas, y nunca, jamás se había comportado así, como si no quisiera que la lavara. Y después está el silencio. Nunca antes hubo este silencio. Siempre están las ranas comadreando, los pájaros cantando, la selva respirando, todo hace ruido, pero hoy el silencio es tan duro que hasta me provoca un temblor. ¡Isidoro! Ay, este hijo mío, perdido en el silencio... ¡Isidoro!



III




El agua me está mirando. Hace un rato me pareció ver en el fondo oscuro algo así como... un par de ojos amarillos, enormes. Fue un instante, pero creo que sí, dos ojos amarillos... ¿Será el sol? El sol, un reflejo, un algo amarillo asomando desde el fondo... Mi madre grita: "¡Isidoro!". No es la primera vez. "Sí, mamá", respondo. No la veo desde donde estoy, pero me grita y le respondo y de pronto allí están otra vez los ojos, sólo que ahora los puedo ver con claridad, mirándome desde el agua, como si fueran parte del agua. "¡Isidoro!", grita mi madre. "¡Isidoro!", dicen sin decir los ojos y yo me dejo caer. Caigo como una piedra al propio fondo de los ojos que me están llamando y de pronto el agua es mucha y lo cubre todo. En el fondo hay, podría jurarlo, un silencio de mil años.










Rumbo a la laguna.


























martes, 25 de septiembre de 2018

¿Quinceañero? El estreno de "Mi vida toda"






En un par de semanas estrena “Mi vida toda” en Montevideo y acabo de caer en la cuenta de que representa el estreno número 15 de mi “canon oficial” de estrenos teatrales como dramaturgo. Es un número un poco mentiroso porque he hecho unas cuantas cosas más que incluyen varias escenas de microteatro y adaptaciones de obras propias y ajenas, traducciones, además de diversas cosas en el medio audiovisual y ocasionales desempeños como director, sobre todo desde que vivo en Colonia. Pero, sí: “Mi vida toda” sería la decimoquinta obra estrenada. Así que estoy de lo más contento con mi status de “quinceañero”.
Además este estreno representa para mí un punto de inflexión porque ésta se trata de la última obra que me quedaba por escribir acerca de los temas e historias que surgieron a partir de la investigación para “SEIS, todos somos culpables”. Fue una de las historias que me quedó en carpeta. De hecho, traté de incluirla en “SEIS” de una manera muy metafórica y condensada, pero Fernando Rodríguez Compare, el director, consideró que esa historia iba a merecer, con el tiempo, un espacio para sí misma y que era mejor reservarla. Tuvo razón. Así que “Mi vida toda” viene, de alguna manera, a cerrar un ciclo conformado por “Seis, todos somos culpables”, “Tal vez tu sombra”, “Día 16”, “La bondad de los extraños” y “El mar”. Considerando que todas las obras parten de un mismo proceso creativo e investigativo y una misma intención original, puedo decir que se trata de una hexalogía. ¡La pucha! Parece que en el teatro nacional está muy de moda lo de las trilogías, tetralogías, pentalogías y todo eso, pero pensar en haber escrito una hexalogía no me hace sentir satisfecho de ninguna manera. No creo haber llegado a ningún “lugar creacional” definitorio de nada porque el trabajo de escribir nunca se termina y además uno no dejó de escribir otras cosas para escribir la hexalogía en cuestión que, encima,  tal vez no sea tal. Vamos, que lo de ser Proust es bastante más complicado. (Y también que vanitas vanitatum, omnia vanitas). Al final todo se trata de ciclos creativos. Pues bien: con “Mi vida toda” agoté las historias que recolecté cuando “SEIS”. ¿Debería bautizar a este ciclo hexalógico? Para complicarlo todo, se trataría de un ciclo con apéndices porque incluye a “Verónica Princesa”, para niños y escrita a cuatro manos con mi hermana de la vida, Alicia Dogliotti, y a “Si te contara”, para adolescentes, que estrenó este año de la mano de mi queridísimo y admirado Coco Gallardo. Estas dos obras para el público más joven refieren a los mismos temas que las del ciclo original, pero no las siento parte de él. Tal vez porque no estaban en la famosa carpeta, que es literal: tengo una carpeta donde guardé las ideas y los apuntes de todo lo que planeaba escribir a partir de “SEIS”. Estas dos últimas no estaban en el plan pero te generan la pregunta: ¿escribí una hexalogía o un octógono? ¿O un siete y medio, considerando que la de niños está escrita a cuatro manos? ¡Dioses! Hace días que no duermo pensando en la cuestión.  En fin… pongámosle nombre al ciclo con apéndices: Hexalogía del Patriarcado. ¿No es soñado? Pienso que luce mucho: da seriedad y compromiso político y queda precioso para carátula de libro. (Me estoy riendo fuerte. No debí aceptar ese whisky). Pero más allá de los chistes, creo que sería un título apropiado. En fin: perdón por la digresión temática.
Volviendo al asunto de este post, el estreno de “Mi vida toda” está programado para el 12 de octubre en el teatro El Tinglado y trata, por un lado, de la dificultad que tenían las lesbianas para conocerse entre ellas en la Argentina de principios del siglo XX (y en el mundo en general) y, al mismo tiempo, es la historia de una directora y dramaturga del hoy, recién separada y en plena crisis existencial a la que le llega, de manera insólita y atravesando casi un siglo, la historia de dos de aquellas mujeres condenadas al ocultamiento. Dentro de la gran familia LGBTQ, las lesbianas han sido uno de los colectivos a los que más les ha costado hacerse visibles. Seguramente porque se trata de mujeres y, ya sabemos, las mujeres no tienen derecho a nada, ni siquiera a ser. ¿Cómo lograban conocerse y amarse las lesbianas de principios del siglo XX? Había que ingeniárselas. ¿Cómo nos afectan hoy todos esos pliegues y universos de los amores prohibidos del pasado? No lo sé, pero seguramente nos afecten. ¿Cómo se elabora la ausencia de un gato cuando se es escritor? ¿Cómo impacta en una dramaturga y directora teatral entregada a la búsqueda del sentido de su propia existencia, el amor entre dos mujeres de hace un siglo? Muchas preguntas, pocas respuestas. Descubrí muchas cosas terribles investigando para esta obra. Algunas las cuento en ella, otras las conté en “La bondad de los extraños”. Pero aquí me di el gusto de detenerme en el amor. El amor, así, simple y llano. El amor. Yo creo que “Mi vida toda” es una obra sobre el amor. El amor que se da, el amor que se recibe, el amor que observamos en los otros, la intuición del amor. Amor.
La dirige Alicia Dogliotti y tiene un elenco de ensueño: Ileana López, Fabiana Charlo, Gianinna Urrutia y Fernando Rodríguez Compare. Una dirección y un elenco que dignifican mi trabajo de escritor y a los que les debo todo, porque uno es cuando sus textos viven. Fui a un par de ensayos y se me cayeron las medias, me morí de emoción. 
De paso, este estreno nos sirve para lanzar nuestra compañía, que es una compañía de hecho desde hace muchos años pero que con este estreno se presenta formalmente en sociedad: Medusa Teatro. ¿Qué te parece? Te esperamos en el teatro El Tinglado, desde el 12 de octubre.