miércoles, 25 de octubre de 2017

Historias para "El mar"

Luego de muchos meses de investigación, de ver muchos documentales y películas de ficción israelíes y palestinas, leer muchos libros,  hablar con mucha gente, tomar muchos apuntes y “diseñar” en post-its  el devenir de la historia que quería contar, me senté,  finalmente, a escribir “El mar”, mi última obra de teatro. Curiosamente, la inspiración y la creatividad, que se manejan a su aire, como seres autónomos y sin que yo pueda hacer mucho para incidir en su manifestación, decidieron que primero tenía que escribir algunos cuentos. Las dejé hacer, claro: ¿quién es uno para impedirle la acción a eso que uno nunca sabe muy bien de dónde viene y que tiene sus propias razones y sentidos? Así que escribí los cuentos aunque eso me apartara un poco del plan que tenía fijado.
Mirado desde la distancia que imponen los meses pasados desde que terminé de escribir la obra, que además ya se estrenó, me doy cuenta de que hay una lógica en eso que me pasó. Entre las muchas cosas que vi y leí mientras me preparaba para la escritura, aparecían cada dos por tres ancianas palestinas y judías contando cosas. Cosas de la vida, cosas del cotidiano, cosas de la imaginación… cosas. Ellas siempre cuentan cosas. Claro, sin duda son parte de dos culturas con una gran tradición narrativa. Lo cierto es que estas mujeres tienen el poder, al relatar, de convertir en una cuestión épica hasta las cosas más simples como un paseo en el campo, un pensamiento, o el colgado de unas sábanas en una cuerda entre dos árboles porque, de pronto, eso que en apariencia se trataba de las sábanas, termina siendo la historia de los dos árboles y cómo llegaron a ese lugar. Es muy emocionante. Escuchando a estas mujeres me quedaba con la idea de la vida escribiéndose a sí misma “a través de las palabras de una vieja”, imagen que usé luego en “El mar”. Scherezade vive en todas ellas, no me cabe la menor duda. 
La cuestión es que algo de toda esa maravillosa “manía cuentativa” me quedó adentro, porque cuando me senté a escribir, como ya dije, lo primero que surgió fue una pequeña colección de cuentos que, por algo que siento como un honrar a mi propio proceso creativo, mío, subjetivo y al mismo tiempo tan independiente y libre, adapté para incluirlos, de una manera u otra, en la obra. Aquí les comparto el primero y lo acompaño con algunas de las fotos que Alejandro Persichetti sacó de la obra.




La historia de Tammam y el camello loco


Tammam se sentía cansado. Acarrear los recipientes del agua colgando de los hombros durante toda una vida para regar los olivos nuevos -porque siempre había olivos nuevos que regar- le había llenado las articulaciones de suspiros, así que un día decidió que ya era momento de comprar un camello que lo ayudara con la tarea, pensando en que no sólo le haría la vida más fácil a él sino también a toda su familia que, un día sí y otro también, acarreaba el agua junto a él. Tammam reunió todas las monedas que había en la casa, llenó dos vasijas con su mejor aceite y se fue al mercado, donde había muchos camellos a la venta. Demasiados. ¿Cuál elegir? No tardó en darse cuenta: cuando miraba indeciso por sobre la cerca improvisada con palos, uno de los camellos le guiñó un ojo. Tammam parpadeó varias veces, seguro de que algo se habría metido en su propio ojo, pero cuando miró nuevamente al camello, éste, otra vez, le hizo una guiñada. Era verdad: el camello le había guiñado un ojo. Entre toda la gente que había en el mercado, el camello le había guiñado el ojo a él, cosa singular aunque no tanto: está escrito que un camello puede, si quiere, guiñar un ojo.




Pero él estaba muy impresionado porque para desesperación de su mujer, Segulah, Tammam siempre había sido un romántico y un soñador. Por supuesto, él siempre le decía: "Segulah, mujer, si yo no fuera tan romántico y soñador como dices, ¿te habrías casado conmigo?", y ella, enternecida, le decía que no, que no se habría casado, y ya no se quejaba. No es que Tammam hiciera las cosas mal, no, pero se ponía distraído a veces: olvidaba las cosas, dejaba las herramientas en el campo o quizás Segulah lo enviaba al mercado a comprar harina y él volvía con dátiles. Entonces ella le preguntaba por qué había hecho tal cosa y él le respondía que se la había imaginado a ella, a Segulah, bajo la luna, comiendo dátiles, y que él estaba a su lado y estaban de la mano y la luz de la luna era más blanca que nunca… pero, qué curioso,  a pesar del blancor de la luz de luna que había imaginado, no había podido recordar la harina. Ella lo miraba con sorpresa, pero luego de un instante, le sonreía. Ah, sí: tanto se querían Segulah y Tamman. Segulah le perdonaba todo y luego, de noche, se escapaban los dos a ver la luna y comer los dátiles de la mano y disfrutar del fresco de la noche, juntos, en medio de la calma que da saber que la vida es buena y más si se tiene al lado a un hombre como Tammam o a una mujer como Segulah.




Tamman, entonces, se decidió a comprar el camello guiñador. El camellero, que era un hombre honesto,  le dijo que ese camello no le iba a servir. Que no sólo era viejo y poco tiempo le quedaba de vida, sino que además estaba loco. "¿Loco?", preguntó Tammam. "Loco", respondió el vendedor. "Loco y terco, de puro viejo que es". Tammam miró al camello con tristeza, y éste, ¡alabado sea el profeta!,  volvió a guiñar el ojo. "No importa", le dijo al vendedor, "me lo llevo de todos modos". "Su mujer lo va a echar de casa, Tammam", le dijo el vendedor. "¿Segulah? No lo creo", y le entregó todo lo que tenía: sus monedas y las vasijas de aceite. En cuanto Segulah vio el camello le preguntó, alarmada: "Tammam, ¿por qué compraste un camello tan viejo?". "Porque me guiñó el ojo. No una vez, ni dos, no: tres veces". Segulah suspiró, pero no dijo nada, tan feliz estaba Tammam con su camello. Pensó: "bueno: durará lo que tenga que durar con el favor de Alá y luego veremos cómo llevamos el agua a los olivos y, sobre todo,  cómo recuperamos el dinero". 




No pasó nada de tiempo antes de que se dieran cuenta de que el camello realmente estaba loco. Se escapaba del corral, nadie sabía cómo, pero lograba escaparse del corral. No importaba qué pusiera Tammam para asegurar la puerta, el camello se escapaba, aunque tuviera que tirar la puerta abajo. Era así, el camello se escapaba y siempre lo encontraban detrás de la casa, golpeando con su pezuña la tierra en la esquina de la casa que daba al este. De todos modos, el camello cumplía su trabajo sin quejarse: llevaba el agua hasta los olivos, sin importar cuántas veces tuviera que hacerlo. Y, lo mejor de todo, le seguía guiñando el ojo a Tammam, aunque nadie más que él lo creyera. Al final decidió no encerrar al camello, porque el camello no se escapaba, sólo daba la vuelta a la casa para golpear la tierra con la pezuña, siempre en el mismo lugar. Siete veces salió Tammam de su casa y siete veces encontró al camello golpeando el suelo en la esquina de la casa.  Otras tantas salió Segulah para encontrar al camello haciendo lo mismo, hasta que no tuvo más remedio que decirle  a su marido: "Tammam, ni siquiera un camello loco puede equivocarse tanto: debe haber algo ahí, quizás agua", y todos se alegraron pensando en tener agua tan cerca de la casa, casi en la misma casa.




Así que Tammam trajo una pala y se puso a excavar, mientras el camello lo miraba. Fue entonces que Segulah se dio cuenta de que era verdad que le guiñaba el ojo a Tammam. "Te guiña el ojo, Tammam, cava más profundo". Y Tammam excavó y excavó y excavó y no encontró agua, pero encontró  una vieja olla de cobre llena de monedas de oro, porque Alá dispuso que los mejores tesoros se encuentren siempre en la propia casa. Y así fue que, gracias al camello loco, Tammam pudo comprar un tractor para llevar agua a los olivos y, por supuesto, ayudar a los vecinos en sus tareas. Años después, cuando el camello murió, lo enterraron con los honores reservados a los más amados integrantes de la familia.






miércoles, 23 de agosto de 2017

Leonardo Flamia me entrevista para el semanario "Voces del Frente". Junio 2017.


Una versión neoyorquina de "Seis, todos somos culpables", obra escrita por Federico Roca, ganó el mes pasado los premios a mejor actriz, actor, director, espectáculo y dramaturgia en el Festival Fuerza Fest de Nueva York. El premio llega en este 2017, cuando se cumplen 20 años de su primer trabajo de dramaturgia y se estrena "El sereno", película de Oscar Estévez protagonizada por Gastón Pauls que contó con su trabajo como co-guionista. Varias razones para que Voces conversara con uno de los dramaturgos uruguayos más prolíficos de los últimos años.

Roca es uno de los pocos dramaturgos que irrumpen en nuestra escena en el siglo XXI que no tiene formación como actor, ni dirige sus obras. Sí tiene una sólida formación en el ámbito de la música, a lo que llegó de forma accidental. “Yo en realidad quería ser bailarín de ballet. Tenía una tía, Lía Kleiman, que fue actriz de El Galpón, que nos llevaba a mí y a mi hermano a ver ballet, y en una de esas vueltas del ballet algo me movió mucho, tenía tres o cuatro años, pero llegué a casa y dije: ‘quiero ser bailarín’. Lo seguí diciendo, y cuando ya tenía seis años, estaba viviendo en Durazno en aquel entonces, a mi padre no le pareció bien que quisiera ser bailarín y me mandó a estudiar guitarra”. Roca estudió guitarra por dos años y luego piano por décadas. Luego quiso ser director de orquesta, y entonces estudió flauta traversa, violín y violoncelo para conocer más instrumentos. También estudió canto, ya en Montevideo, y formó parte del coro De Profundis con Cristina García Banegas, del Coro Universitario con Francisco Simaldoni, y del coro Juventus con Dante Magnone.
Su primer acercamiento al teatro es anecdótico: “con mi primo, Ramiro Perdomo, desde chicos nos disfrazábamos y montábamos numeritos para la familia en las fiestas familiares. En una época veraneábamos en Salinas y con Ramiro montábamos numeritos y cobrábamos una entrada simbólica que después nos la gastábamos en las maquinitas” Años después, de casualidad según afirma, “caí en un taller de teatro a dar una mano para montar una canción y me quedé ayudando, dando clases de cuestiones vinculadas a la voz. El taller lo dirigía una docente de Arte escénico llamada Pilar De León, a quien le debo mucho de lo que aprendí en arte escénico. Ahí estudiaba mi pareja, que además fue quien dirigió mis primeras cosas, Ruben Silva. Eso es por los años 94, 95.”

Ahí hay un proceso de cuatro o cinco años hasta que aparece tu primer texto estrenado

En realidad el primero fue en el 97, no fue un texto mío pero sí un laburo de dramaturgia porque hice una traducción y adaptación de Salomé de Oscar Wilde, que dirigió Ruben en Puerto Luna. Y un día en un ensayo de Coro Universitario, Simaldoni estaba trabajando solo con las mujeres y los hombres estábamos atrás esperando que nos tocara, de repente me cae la idea de La danza de Terpsícore, fue como una epifanía. Eso fue en el 98 y se estrenó en el 99 en El Circular, esa sí fue mi primera obra. Agarré a Isadora Duncan y a (Vaslav) Nijinsky y los fusioné, esto ocurrió en mi cabeza mientras estaba en el ensayo. A mí me interesaba mucho el contraste porque Isadora Duncan inventó la danza moderna bailando al son de la música menos moderna en su momento, y Nijinsky reinventó el ballet con la música más moderna que se podía conocer en su tiempo. Y es una cosa horrible, que se gana un premio pero es muy mala. Hace unos años la hizo una gente con la que yo laburo mucho en Neuquén (Escénica TeaDanz Experimental) que tienen una cabeza parecida a la mía, hicieron su versión y fue divino porque era divina la puesta, pero yo escuchaba la letra y me quería matar. Y lo siguiente fue Desterrados, que es un después de la Medea de Eurípides. Un domingo en la feria de Tristán Narvaja me acerco a un puesto nuevo y veo que tenía puñales antiguos, me paro frente a la mesa y me baja la obra, que es un reencuentro de Medea y Jasón para saldar las cuentas muchos años después de la Medea de Eurípides. Dirigió Ruben y los dos personajes protagónicos los hicieron Alicia Dogliotti y Fernando Rodríguez Compare, que son mi familia teatral, son mis papás, a ellos les molesta que diga esto pero son como mis papás teatrales.

Con Fernando y Alicia seguiste trabajando, Fernando dirigió La posteridad de las ratas en 2008.

Pablo Robles había visto cosas mías y un día vino a pedirme que escribiera una obra, yo le dije que si, hablamos con Fernando, y me dijo: “hagamos algo sobre Copi (Raúl Damonte Botana, dramaturgo argentino)”. Yo piré de colores porque amo a Copi. Tuve que leer todo de nuevo, leer biografías, videos, me llevó una investigación de 6 o 7 meses para tener material como para juntarnos y que Fernando largara a Pablo a improvisar y así yo encontrara en el laburo de los tres ese promedio que me permitiera escribir un Copi para Pablo.

¿Esa fue la primera vez que trabajaste así, creando a partir del trabajo en el escenario?

Si, fue así, estuve mucho en los ensayos y en un momento desaparecí, le dije a Fernando: “para mí ya está” y me tomé 4 o 5 meses y un día le caí con la obra. Pero tuve que ver mucho a Pablo, preguntarle, hacerlo leer cosas de Copi.

Hay una ruptura con las cosas que habías escrito antes

Si, ahí empecé a escribir en serio, no reniego de lo anterior, fue parte del proceso. Porque por ejemplo, Descaradas (2002) la escribí por encargo, me pidieron que escribiera una obra que contara esta historia y la escribí. Y ya es la tercera vez que la hacen y cada vez que la hacen agotan entradas. En la Argentina va por la cuarta temporada. En Chile tiene el record de permanencia de una obra en cartelera. En la Universidad donde se estudia teatro se estudia como ejemplo de producción bien llevada adelante. Porque el director tenía un grupete de actrices muy fuertes y otras que eran personalidades de la tele, y esas iban cambiando, las tres actrices estaban siempre y a las otras las iba cambiando y entonces renovaba público todo el tiempo. Cinco años y medio en cartel, es la única vez que he hecho plata con el teatro.

 Se han estrenado obras tuyas en muchos lugares del exterior ¿Cómo se dan esos vínculos?

 En los últimos 6 o 7 años tengo obras todo el tiempo en algún lugar, siempre. Busco en internet, le sigo las carreras a los directores y cuando alguien me interesa le escribo, me comunico, y mando las obras. Y cuando pinta, pinta. Y es interesante como me ha moldeado mi vínculo con Lucho Ramírez, que es un director venezolano que ahora tenemos acá. Mujeres en oferta (2003), que es una obra que va por la tercera temporada en Neuquén, la piden en las municipalidades de los pueblos alrededor, el día de la mujer la hicieron en un montón de lugares. Y es una obra que armé a pedido de Lucho, agarré un montón de monólogos que ya tenía, el plan era hacer seis mujeres hechas por una sola actriz, y entonces le pusimos Mujeres en oferta, seis por una. Y a Lucho le fue muy bien con esa obra en Chile, ganó premios, también fue un éxito de público, las mujeres se identifican mucho con esa obra.

 Fuiste co-guionista de la serie Charly en el aire (2009-2010) con Oscar Estévez, y del guión de la película El Sereno (2017), dirigida por Estévez ¿Cómo surge ese vínculo?

Yo era el dueño de La lupa libros, que la abrimos con quien era mi pareja en aquel entonces, Gustavo Guarino, que es muy amigo de María Urruzola. Al poco tiempo que abrimos la librería Urruzola tuvo que cerrar su revista Riesgo país y me dice un día en la librería: “me quiero dedicar a escribir”, y yo le dije: “escribamos juntos”. Y se nos ocurrió escribir una serie para televisión. Ni María ni yo teníamos idea de lo que era aquello, nos pusimos a averiguar y llegamos a Oscar Estévez, que ya había hecho Uruguayos campeones y otras cosas, es el realizador audiovisual que más cosas ha hecho en este país. Nos colgamos y escribimos Oscar, María y yo, una serie de perfil social. Ganamos todos los premios que nos podíamos ganar con esa serie que era impracticable en realidad, porque eran muchos personajes, muchas locaciones… Ganamos los Fondos Concursables, los primeros fondos del ICAU y solo pudimos hacer el piloto del primer capítulo, porque no había manera de ajustar la plata para hacer los 13 capítulos guionados. Pero fue una linda experiencia, Oscar y yo pegamos muy buenas migas y seguimos laburando juntos. Escribimos Charly en el aire, que fue algo que nos pidió Álvaro Armand Ugón. Y después nos llamaron de la productora contenidos para escribir en Adicciones (2011).

Y después de eso viene Seis, todos somos culpables (basada en los asesinatos impunes de seis mujeres trans en nuestro país), que se estrena en 2014.

Si, a partir de que matan a Daniel Zamudio (joven chileno homosexual asesinado en 2012 en Chile). Fue una cosa muy terrible, tuvo mucha prensa. Fernando (Rodríguez Compare) había estado averiguando sobre el caso Laramie (análogo al de Zamudio en los EE.UU.) y la obra famosa. Y la historia de Seis, dos años en cartel, sala llena siempre, apoyo del público. Se estrenó en EE.UU., hecha por un elenco latino de allá en un festival de teatro LGTBQ en Nueva York, y su plan después de dejarla en cartel (la entrevista fue hecha antes de que la obra obtuviera los premios antes mencionados). Yo cambié con esa obra. Me pasó que entendí lo que es una empatía, que no es ponerse en los zapatos del otro sino sentir con el corazón del otro, yo llegué a esa conclusión que me sirvió para lo que vino después. Porque a mí Seis me metió en un viaje que todavía no terminó.

Tal vez tu sombra y Día 16 (ambas estrenadas en 2016) de alguna manera son consecuencia de Seis, ¿no?

Y las dos de este año, La bondad de los extraños (en cartel) y El mar, que se estrena en Octubre. Es un ciclo, en el que todo tiene que ver con todo, porque para Seis tuve que investigar mucho, y tuve que enfrentarme a realidades muy duras, y entender la homosexualidad y la transexualidad desde un lugar carente de prejuicios para poderla escribir. Yo me di cuenta de que lo mejor de todo el proceso de "Seis" fue liberarme de mis propios prejuicios. Después de escribirla necesité escribir una historia donde los gays no sufrieran por ser gays. Y tuve que tener mucho cuidado, porque me salía la cuestión camorrera porque después de "Seis" me quedó una lectura muy feminista-antipatriarcal-socialista (risas). No soy paranoico ni nada por el estilo pero todo el tiempo estoy viendo cosas y corrigiendo a la gente, pero sobre todo corrigiéndome a mí. Una amiga veterana de allá de Colonia, me dice: “yo soy machista en recuperación” y yo le digo: “Todos somos machistas en recuperación”. Y bueno, escribí "Tal vez tu sombra", que me dio mucho trabajo para que nada se pasara del justo límite, porque ahí lo que importa es lo que sienten esas personas unas por otras, no lo que ocurre con el mundo.

"Día 16" cayó en un momento en que la denuncia de la situación de violencia hacia la mujer es muy fuerte, pero es una línea de tu trabajo que viene desde hace tiempo.

Si, hace años que estoy trabajando esto, en Descaradas ya estaba la temática de la violencia hacia la mujer y la cuestión del patriarcado. En realidad a partir de Seis yo me terminé dando cuenta que todas las cosas que sufrimos los gays en la vida tienen que ver con el patriarcado, con el machismo, y con el capitalismo. Entonces para mí fue natural pensar en que tenía que ir a las bases, que había que defender a las mujeres. Y "Día 16" es un intento de mostrar la realidad jodida que viven ellas, la trata de personas, la violencia intra-familiar, el abuso en la infancia, la desprotección que tienen las mujeres legalmente. Ahora se pone mucho hincapié en la denuncia pero no hay nada que sostenga el después de la denuncia. Las tobilleras han ayudado pero no son la solución. En el interior no hay, entonces sí, hay gente muy amable que toma la denuncia, pero no hay nada que sostenga el después, y las mujeres siguen quedando en pelotas hoy igual que antes. Y como te decía, hay quienes dicen: “es una obra panfletaria”. Ya me lo habían dicho antes por "Seis". Pero cuando pregunto por qué dicen que es panfletaria, en general no te saben decir porque también es un clisé usar la palabra panfleto contra todo lo que de alguna manera se opone al sistema. O te dicen: “solo plantea una mirada de las cosas”. Y yo digo, disculpame ¿vos de qué lado te vas a poner? Porque acá claramente hay una víctima ¿De qué lado lo tengo que ver? Yo no puedo justificar al golpeador. Porque además la muerte es panfletaria, la muerte mató y no deja otra opción, entonces no me jodas con que "Seis" o "Día 16" son panfletarias.

¿Sobre qué trata La bondad de los extraños?

Cuando estaba haciendo la investigación para "Seis" me encontré con un tema que había leído en los 90 en una novela de Alice Walker, que es una escritora negra muy preocupada por las cuestiones de género, y de racismo, que escribió el libro en que se basó "El color púrpura" de Steven Spielberg. Ella tiene un ciclo, y la novela que viene después se llama En posesión del secreto de la alegría, donde toma a Tashi, uno de los personajes de El color Púrpura, y lo desarrolla. Tashi es africana, y ahí me encontré, en aquel momento, con el tema de la mutilación genital femenina. Investigando para "Seis" me encontré con ese tema de vuelta y me enteré de una cosa terrible. Uno siempre piensa que esa práctica ocurre en África, o en los lugares de Asia asociados al islam, si bien no hay nada en el islam que diga que a las mujeres hay que mutilarlas, pero me enteré, también gracias a Alice Walker pero después lo busqué por otros lados, que los médicos ingleses que iban a ver los esclavos en el siglo XIX veían a estas mujeres sin clítoris, sin labios menores, sin labios mayores y las notaban tranquilas, calmas, entregadas a su destino, así que pensaron que habían encontrado la cura de la histeria. Era una época en la que los médicos diagnosticaban histeria con una facilidad pasmosa, porque cuando la mujer jodía mucha era una "histérica". Y entonces sacaban clítoris y sacaban labios mayores, sacaban labios menores y cuando no se conformaban también sacaban útero y ovarios. Pero claro, rápidamente los ingleses se dieron cuenta que haciendo esas cosas era más lo que complicaban que lo que solucionaban y lo dejaron de hacer. Pero ya a esa altura la técnica había sido importada desde EE.UU. donde se practicó hasta entrados los años setentas, financiada en los centros médicos. Al final ya no era para curar la histeria, era para que las nenas no se masturbaran. Si vos tenías una hija que se tocaba mucho la llevabas al médico y le sacaba el clítoris. Y es una práctica que se realizó mucho en el sur de EE.UU. y como de las cosas que les ocurren a las mujeres no se habla, esta es de las cosas que saltaron recién en los años 90, y Alice Walker lo mete en sus novelas. Y que pasó: se volvían locas esas mujeres, caían en depresión, se volvían sicóticas, padecían de incontinencia sexual, porque no sentían nada. En los 90 estas mujeres que fueron amputadas en las décadas anteriores empezaron a hablar y yo conseguí testimonios. Hay una institución en EE.UU. que está tratando de que estas mujeres cuenten lo que les pasó, porque es una cuestión del patriarcado. Y cuando leo lo que ocurre a nivel psiquiátrico con estas mujeres digo: “esta es Blanche DuBois”. Le pasó todo esto, está completamente loca, está claramente deprimida, padeció de incontinencia sexual y ella misma lo cuenta en Un tranvía llamado deseo. Y ahí pensé ¿y si Tennessee Williams sabía más de Blanche DuBois de lo que contó en la obra? Si lo pensás, no hay una sola mujer de Tennessee Williams que esté feliz con su vida. Y en el caso de Blanche DuBois es clarísimo el diagnóstico. Entonces lo que hago es reconstruir el pasado de Blanche, lo anterior a Un tranvía llamado deseo y montar algo veinte años después, está el antes y el después. Porque es importante que se sepa.

¿Y la otra obra para este año?

Se llama El mar. Investigando para Seis, también, me encontré con un movimiento de desobediencia civil en Israel, llevado adelante por mujeres israelíes que cruzaban clandestinamente a mujeres palestinas y las llevaban a conocer el mar. Porque con el tema de la prohibición de circular que hay en Israel, para los palestinos porque los israelíes sí pueden circular, hay un par de generaciones de palestinos que no pudieron conocer el mar. Entonces una vieja israelí que ya no tenía nada que perder subió a unas palestinas al auto, les hizo sacar los pañuelos, y pasó por los puestos de control. Los guardias miraron para adentro del auto y vieron un montón de mujeres en el auto, todas iguales, y las dejaron pasar, porque pensaron que eran israelíes todas. Después otras mujeres se sumaron a esta iniciativa hasta que las descubrieron, se pusieron más estrictos en los controles y metieron a las israelíes presas. Pero estuvieron meses tratando de definir de que acusarlas, porque no habían hecho nada, simplemente habían pasado a mujeres palestinas a la playa y habían vuelto con ellas. Y me dije “mirá esto, las mujeres cuando se organizan en la igualdad”.  Y me propuse escribir sobre mujeres de contextos culturales diferentes que se unen por las cosas que las hacen iguales. Entonces es una abuela palestina con su nieta, que está en silla de ruedas porque tiene parálisis cerebral, y la nieta quiere conocer el mar. Y va a lo de una abogada israelí que es una de las que está defendiendo a las presas a pedirle ayuda para llevar a su nieta al mar. Hay varios bombardeos, nunca se sabe de donde son esas bombas, y estas mujeres se ven forzadas a pasar la noche juntas en la casa de la judía, rodeadas por la guerra. Es una obra sobre el amor, el conflicto está afuera. Me doy el gusto de meter algunos rituales de las dos religiones que son divinos, hacen reflexiones juntas… Tiene un sello muy Roca, hay muchos monólogos, hay escapadas de la realidad, metí una cuestión muy de las musulmanas del tema de contar historias. Y escribir El mar también me llevó a una investigación, vi muchos documentales sobre la realidad palestina y aprendí una diferencia, una cosa es ser judío y otra cosa es el estado de Israel, yo no sabía eso, lo supe ahora para esta investigación. Cada vez son más los judíos que no están de acuerdo con la política del estado de Israel.

Estás planificando el año que viene decías


Quiero seguir explorando la línea de Tal vez tu sombra, estoy trabajando en eso. También estamos con Alicia en un proyecto que sería poner todas juntas las obras de un autor inglés, en simultáneo, estamos leyendo todo y viendo con que nos quedamos de cada una de las obras. Tengo otro proyecto con Fernando Rodríguez Compare tocando el tema de género y transexualidad desde un lugar un poco más amable, para nosotros al menos, porque quedamos muy agotados con Seis. Tengo varias cosas.

Aquí el enlace a la página de "Voces del Frente":    http://semanariovoces.com/con-federico-roca/

Viene siendo un disparate



Debe ser una especie de histeria colectiva pero, la verdad, no entiendo qué les pasa a los conductores y periodistas de la tele que parecen del todo incapaces de ser simples y correctos en el hablar. Simpleza y corrección, que suelen ser las mejores maneras de expresar una idea con claridad, pero no, todo es de un barroquismo exasperante que resulta en estupidez, claro, porque si vas a adornar al pedo nadie piensa en lo lindo que hablás sino en lo estúpido que sonás.
Son incapaces de decir, por ejemplo "Estamos en la esquina", no, tienen que decir "Estaríamos en lo que sería la esquina". No dicen "esa es la casa que robaron", dicen "esa sería la casa en la que habría ocurrido lo que sería el robo" o "estoy en lo que es la calle Sarandí". No, tontita/o: estás en la calle Sarandí. O, incluso peor: "estoy en lo que sería la calle Sarandí"... ¿Perdón? ¿Estás en lo que sería la calle Sarandí si no fuera cuál? ¿8 de octubre? ¡Ay, gordo/a! ¡No te entiendo! ¿Dónde querés estar? ¿Dónde estás? ¡Por favor decime dónde estás!
Recién en el 12 una de las panelistas se mandó una frase muy larga en ese estilo. Pero que muy larga, ¿eh? No la puedo reproducir aquí porque no logro recordar toda la secuencia de palabrerío al santo botón que escuché mientras organizaba platos recién lavados en el escurridor. Observo que además del abuso irrestricto del condicional, también se exceden con el empleo de "en la/lo/el cual/que", muchas veces haciendo caso omiso de la necesaria concordancia de géneros. Por ejemplo: "esa es la casa en lo cual". ¿Cómo? ¿Te estás escuchando? Una cosa es, quizás, que te sientas confundido/a por lo del lenguaje inclusivo y te pierdas un poco, pero esto otro es pavada. Y no olvidemos que las cosas, en la tele, nunca "son" sino que "vienen siendo". El delincuente viene siendo buscado, el caso viene siendo investigado y el herido viene siendo asistido. Tremendo. Ya no hablemos de la conjugación infame de algunos: "me encantó que vengas". Esas malas conjugaciones me llevan al borde de la desesperación.  ¡Se dice "me encantó que vinieras", inútil! ¡Hablá bien, carajo! ¡Sos un comunicador! ¡Tu presencia en la tele tiene, lamentablemente, una influencia pedagógica en el público! ¡Criminal! ¡Asesino del idioma! 
En fin... Justo estaba puesto el canal 12 mientras hacía cosas por la casa y, entre otras varias perlitas, una de las conductoras se refirió al catalán como un dialecto. El catalán un dialecto. Tomá pa'vos. Hay mucha impunidad en el desconocimiento y la ignorancia, es más: hay regodeo en la desinformación y la ignorancia. En general les parece muy divertido no saber nada. Y claro, no nos debe sorprender que después la gente salga por ahí a decir lo que sea que se les ocurra, como esa señora de Rivera que propone atarle piedras al cuello y tirar al río a todos los que apliquen la Propuesta Didáctica para el Abordaje de la Educación Sexual. No debería sorprendernos. Al fin y al cabo, personas que deberían ser referentes, que están en los medios para comunicar y enseñar, se permiten ser burras sin culpa y hasta como si fuera una cosa divertida. Dicen cualquier cosa sin dedicarle un mínimo pensamiento, cualquier divague, y se consideran  fenómenos. Como es obvio, uno de los mensajes que dan estos comunicadores es "Mirame: soy un burro y llegué aquí". Uf. Tengo una mañana indignada. Apagué la tele, claro. Aguante Vivaldi. (Y en vinilo, morite, que me lo regaló Alicia).

PD. Por las dudas de que lo estés pensando: una cosa es la libertad de expresión y otra cosa es la desinformación, la ignorancia, la burrez. Usemos lo del catalán como ejemplo, si bien no fue lo que pasó en la tele hace un rato: El catalán es un idioma, no un dialecto. Por más que invoques la libertad de expresión y tu derecho a decir lo que pase por tu cabeza y afirmes que es un dialecto, el catalán va a seguir siendo un idioma, pero, haciendo eso, vos te transformás en un irresponsable.

lunes, 19 de junio de 2017

Apostillas a "La bondad de los extraños"



Ahora que "La bondad de los extraños" bajó de cartel por esta temporada (esperemos que no por mucho tiempo), me permito publicar aquí la versión completa del volante que se entregaba en el teatro al terminar la función y, luego, una serie de reflexiones más o menos hilvanadas, que pretenden explicar el por qué de mi mirada sobre Blanche Dubois, a raíz de comentarios y preguntas que me han llegado sobre el texto. Aprovecho para compartir aquí algunas de las fotos que sacó Alejandro Persichetti de la obra. 


La mutilación genital femenina

La Mutilación Genital Femenina, (MGF, o FGM, según su sigla en inglés) es, en definición de la OMS, el o los procedimientos que, de forma intencional y por motivos no médicos, alteran o lesionan los órganos genitales femeninos. La MGF es reconocida internacionalmente como una violación de los derechos humanos de las mujeres y niñas. Refleja una desigualdad entre los sexos muy arraigada y constituye una forma extrema de discriminación de la mujer. Es practicada casi siempre en menores y constituye una violación de los derechos del niño. Asimismo, viola los derechos a la salud, la seguridad y la integridad física, el derecho a no ser sometido a torturas y tratos crueles, inhumanos o degradantes, y el derecho a la vida en los casos en que el procedimiento acaba produciendo la muerte.


La mutilación genital femenina se clasifica en cuatro tipos principales:

1. Clitoridectomía: resección parcial o total del clítoris (órgano pequeño, sensible y eréctil de los genitales femeninos) y, en casos muy infrecuentes, solo del prepucio (pliegue de piel que rodea el clítoris).
2. Escisión: resección parcial o total del clítoris y los labios menores, con o sin escisión de los labios mayores.
3. Infibulación: estrechamiento de la abertura vaginal para crear un sello mediante el corte y la recolocación de los labios menores o mayores, con o sin resección del clítoris.
4. Otros: todos los demás procedimientos lesivos de los genitales externos con fines no médicos, tales como la perforación, incisión, raspado o cauterización de la zona genital.

Si bien se trata de prácticas asociadas al África y ciertas regiones de Asia, hoy sabemos que esos métodos se han empleado, y se emplean, en países occidentales. En buena parte eso se debe a la inmigración, pero también a que en el siglo diecinueve muchos médicos, ingleses sobre todo, llegaron a la conclusión de que esos “procedimientos”, solucionaban variados problemas en las mujeres, entre ellos, la histeria. En Inglaterra la práctica se llevó adelante hasta principios del siglo veinte e incluía, en muchos casos, la extracción del útero y los ovarios. En Estados Unidos se hizo hasta mediado el siglo veinte, para “curar” la histeria, y, mucho más comúnmente de lo que cualquiera esperaría, para desalentar la masturbación. De hecho muchos seguros médicos, contemplaban la técnica entre sus servicios y cubrieron los gastos de estos “tratamientos” hasta entrados los años setenta. No se sabe con certeza cuántas niñas fueron clitoridectomizadas para que no se masturbaran. Recién desde hace unos pocos años el tema se está poniendo en el tapete y muchas de esas mujeres, operadas en los cuarentas, cincuentas y sesentas, se están animando a hablar y a compartir sus experiencias. Algunas organizaciones feministas, de derechos humanos y pro equidad, ocupadas en la denuncia de esta realidad aberrante, aseguran que se registran casos hasta el año 1996. Y estamos hablando de, en su gran mayoría, mujeres blancas, occidentales y cristianas.
Entre los efectos psicológicos de la ablación del clítoris están la depresión, la psicosis y la incontinencia sexual. También es interesante saber que una más que importante cantidad de los casos se registran en el sur de Estados Unidos. Desde esta perspectiva, la Blanche Dubois de Tennessee Williams calza perfectamente en un diagnóstico y realidad de este tipo. Cabe preguntarse si su creador no sabría más de su personaje que lo que nos contó en “Un tranvía llamado deseo”.


¿Por qué Blanche?

                Blanche es, en realidad, un misterio. Una lectura objetiva de “Un tranvía…”, por fuera de la empatía que nos genera su personaje principal  y que nos llena de impresiones acerca de cómo se siente, cómo vive las cosas y las cosas que añora (que pueden ser ciertas o no), nos deja con más preguntas que certezas. En todo caso, la única fuente confiable que hay en la obra acerca del pasado de Blanche es su hermana Stella, gracias a la cual confirmamos la existencia de Belle Rêve y poca cosa más, como por ejemplo que Blanche era, cuando niña, un ser adorable. Por lo demás, Blanche puede estar inventando todo en forma flagrante, ya que desde el vamos la psiquis de la pobre es muy frágil, y el genio de Tennessee es tan poderoso que logra que nos identifiquemos tanto con el sentir de Blanche, que no cuestionamos su decir. Así que, para empezar, “La bondad de los extraños” sería, más bien, un “imaginar” un posible pasado y un posible futuro a partir de lo muy poco que sabemos de Blanche en realidad. También tiene que ver con lo que creo una necesaria revisión de los mitos, en este caso Blanche Dubois que es, con seguridad, un importante mito contemporáneo. Porque Blanche es mito e icono, no hay duda. Para hacerlo y sostener mi idea tuve que atenerme estrictamente a lo escrito por Tennessee. Pero ya volveré sobre esto último. 


                Este imaginar del que hablaba viene de una muy amplia investigación que comenzó en el 2012 durante la creación de "SEIS, todos somos culpables", investigación de la que surgieron muchos de los temas tratados en mis producciones posteriores. Uno de ellos  fue la mutilación genital femenina (MGF) como una cuestión solapada que afecta a mujeres de muchas partes del mundo y no circunscrita, como todos creíamos, al África y algunas zonas de Asia asociadas al Islam. No: también se ha practicado en el mundo occidental, por parte de médicos occidentales y por razones médicas y no culturales.  Investigando específicamente el tema y los efectos psicológicos de la MGF en mujeres blancas, occidentales y cristianas, se puede llegar a la conclusión de que Blanche Dubois reúne en sí misma muchos de los padecimientos psicológicos provocados por esta práctica. La verdad, demasiados como para no hacerse la pregunta. “La bondad de los extraños” es, entonces,  también una pregunta.


                Respecto al proceso de escritura de la obra en sí misma, partí del único dato fiable con el que contamos acerca del pasado de Blanche: Belle Rêve. Belle Rêve, es una plantación del sur de Estados Unidos. Las plantaciones, muy parecidas a los latifundios de cualquier lugar del mundo, contienen a toda una sociedad con sus propias normas.
                Existe una forma de ver la vida desde la plantación y hay un sistema de "castas" vinculado a las plantaciones. Pensemos que Louisiana y Mississipi son de los estados que más se opusieron a la abolición de la esclavitud. El sur de Estados Unidos es, sociológicamente, muy singular, y todo eso se potencia en las plantaciones. La mezcla de culturas, por ejemplo. En Nueva Orleans conviven Francia y África con toda una serie de estados intermedios que van de lo crèole (la mezcla de culturas más asociada a las ciudades) a lo cajun (la mezcla de culturas vinculada al campo). Esas características se mezclan un poco anárquicamente por todo el sur, pero tienen su manifestación más evidente en el Mardi Gras, el carnaval de Nueva Orleans, durante el cual las barreras de lo social se vuelven difusas por la carnavalización, entendida según Bajtin, de la festividad.


                 Pero volviendo a las plantaciones, éstas conformaban una sociedad por demás endogámica: las grandes familias sólo se relacionaban entre ellas y, como ha ocurrido siempre a lo largo de la historia, al menos hasta la primera mitad del S XX (aunque sigue ocurriendo), la mayoría de los matrimonios entre herederos de las plantaciones eran de conveniencia. Hay toda una cultura del no decir en esas zonas de Estados Unidos porque decir, a veces, implica reconocer verdades vergonzosas. La estructura rígida y de profundo control social de los habitantes de las plantaciones, se basa tanto en las manifestaciones de poder de los propietarios como en el "no decir" de todos. Ya sabemos que, machismo y patriarcado mediante, la fidelidad no era (ni es)  una virtud estricta para los hombres, ante lo cual las mujeres debían callar. Podemos, por ejemplo, pensar en la violación de esclavas negras por parte de sus dueños blancos, esclavas que tenían hijos de sus patrones pero que, por ser hijos de negras se convertían en esclavos como sus madres, y si además, considerado todo desde esta perspectiva, nos ponemos a pensar en los incestos involuntarios que habrán ocurrido en las plantaciones producto de las convivencias forzadas entre patrones, esclavos y empleados, y debido a esa estructura rígida que se sostenía en el no decir, en el hacer como si nada pasara, podemos darnos cuenta de que el fondo del asunto es muy sórdido.


             De ese ámbito de sordidez en el que no se dice pero todos saben es que viene Blanche Dubois. Las plantaciones tal vez se veían hermosas pero, es un hecho, escondían secretos inconfesables. Hoy día muchas de esas plantaciones son museos y han abierto sus puertas a los turistas para mostrarles, justamente, esta colección de horrores. Es de ahí que viene Blanche Dubois y de donde se escapó, justo a tiempo, Stella, su hermana: de la familia dueña de una plantación, no de una familia de la ciudad o cualquier familia de cualquier lugar, pobre, clase media, o incluso clase alta. No, viene de una familia propietaria de una plantación. Y esas diferencias Tennessee las sabía. Tennessee sabía de dónde hacía provenir a Blanche y por eso le hace decir lo de las “épicas fornicaciones” de abuelos, padres y tíos, a raíz de las cuales se perdió Belle Rêve. Creo firmemente que a esa explicación de Blanche hay que entenderla literalmente, dado el contexto al que se refiere. Porque, al igual que en todo el mundo y como dice la Blanche de mi obra “los hijos bastardos se silencian con tierras”. Y esa es una realidad que ha sido histórico alimento argumental de la literatura y, muy especialmente, las telenovelas. Los hijos bastardos se silencian con tierras, se los ignora o se los mata, y las mujeres son una posesión más de los hombres, a tal punto que, en los casos más extremos, ni siquiera pueden tocarse sin permiso.


           Ya en todo lo anterior tenemos una clave para entender la “fragilidad” de Blanche, que, a mi entender, no es tan así, al fin y al cabo ella logró hacerse profesora, ganar su propio dinero y también, mientras pudo, llevar el timón de Belle Rêve, lidiando con las personas que aún vivían allí. Lo más probable es que el problema de Blanche sea, en todo caso, de adecuación. Es una de las últimas representantes de un tiempo pasado, en conflicto con lo nuevo que se instala sobre todo después de la Segunda Guerra Mundial, luego de la cual el mundo entero se reconfigura. El “Tranvía” ocurre poco después del final de la guerra, hay dos mundos en pugna y Blanche, pobre,  no encaja en ninguno de los dos. Un mundo de represión, silencio y violencia (la plantación) y un mundo donde las pasiones se viven con libertad (el barrio donde vive su hermana). Cualquiera de los dos presentan peligros para Blanche. 


             Así que tenemos todo ese antecedente y luego están los síntomas de Blanche, que terminan, para mí, de hacer posible la idea de una Blanche que pasó por una MGF. Creo que no se deben tomar a la ligera los datos que Tennessee no da, como por ejemplo, la calidad de los orgasmos de Blanche. Nunca se habla de los orgasmos de Blanche. Nunca Blanche dice si le gusta o no hacer el amor. Si le da placer o no. Ella obvia el tema completamente. Pero sabemos que se ha acostado con muchos hombres, porque ella misma lo dice: habla de sus múltiples “intimidades” con extraños, y también con los soldados de un campamento cercano, cuando aún vivía en Belle Rêve. Aunque fuera por razones emocionales, lo que ella describe califica como “incontinencia sexual”. Buscaba protección, claro, pero eso no  quita lo sexual. Y la incontinencia sexual es un síntoma que exhiben muchas de las mujeres que han pasado por la MGF. En fin: en el relato de Blanche hay muchos hombres pero ningún placer. Nunca se plantea la felicidad de estar con todos esos hombres, ni siquiera alguna clase de alivio. Al contrario, hay frustración. Uno podría pensar que esa frustración es pura y exclusivamente espiritual, pero el ambiente de "Un tranvía..." es demasiado sexual como para no tomar en cuenta la posibilidad. Ahí anda Kowalski, todo el tiempo en musculosa, en el calor húmedo de Nueva Orleans y encima con la cara y el lomo de Marlon Brando, que fue el primer Kowalski en el teatro y quien lo llevó al cine.


                Otro de los síntomas, la depresión, es evidente desde el principio en Blanche. Ella no logra, de ninguna manera, escapar de la tristeza. Y después está la psicosis: Blanche hace un esfuerzo por habitar un mundo que pertenece a su imaginación, y lo dice, “¡Quiero magia!”, pero es un mundo que no tiene asidero en la vida real. En ese sentido, prácticamente vive en una alucinación. Y, de hecho, termina en un estado de alucinación, en el que lanza su célebre frase “Whoever you are- I have always depended on the kindness of strangers”. La traducción de esta frase siempre presenta dificultades. Nunca nos ponemos ni nos pondremos de acuerdo en qué es lo correcto, si “depender” o “confiar”, sobre todo porque siempre leemos esa frase desde nuestra propia sensibilidad y desde lo que sentimos en torno a "Un tranvía..." y sus resonancias en nuestras propias vidas.


            Hay varias bibliotecas al respecto de la traducción. Puede ser "confiar”, porque existe la expresión “to be dependable” que es “ser confiable”. En un inglés de cierta época, más elaborado, culto y hasta poético, lo más probable es que quisiera decir “confiar en”. Y como estamos hablando de Blanche, que es profesora de lengua y literatura inglesa, es muy culta y viene además de un contexto bilingüe (Blanche, como seguramente toda su familia por una cuestión histórica y geográfica, habla inglés y francés), me inclino a pensar que está diciendo “confiar en”, porque además tiene más que ver con lo que le ocurre a ella históricamente: confía en personas que siempre terminan haciéndole daño, empezando por los hombres de su familia que tienen un más que errático comportamiento sexual y que, debido a ese comportamiento, la dejan sin nada. Pensando en la plantación y las acciones de estos hombres y desde un punto de vista psicológico, Blanche, y hasta la propia Stella, pudieron ser violadas por cualquier integrante de su familia. ¿De qué se escapó Stella? Seguramente no sólo de la decadencia de la plantación. En cualquier caso, Stella tiene, es evidente, una capacidad resolutiva que Blanche no.


                Volviendo a la mutilación genital, Tennessee Williams conocía muy bien a las mujeres del sur. Y es en el sur de EEUU donde se contabilizan la mayor parte de casos de mutilación, (hecho vinculado, seguramente, a que el sur de EEUU sostuvo la esclavitud todo lo que pudo), así que no sería raro pensar que él pudiera saber que esa práctica se llevara adelante. Si pensamos que, sobre todo en el S XX, en el mundo occidental, se hacía para curar la histeria y evitar que las niñas se masturbaran, hay que hacerse la pregunta: ¿qué habría ocurrido si hubieran descubierto a Blanche masturbándose cuando niña? Bueno, ahí la tenemos, víctima de una educación rígida que confina a todos a la soledad, porque nada se dice ni se comparte, víctima de la aplicación de valores tan rígidos como hipócritas, víctima inocente de unos cuidados excesivos llevados al extremo en pos del qué dirán que la convierten en un ser incapacitado para la vida en un mundo en constante cambio. Eso funciona en “Un tranvía llamado Deseo”, y aplica perfectamente para "La bondad...", donde además está Collins, el médico, mostrando lo mismo desde la perspectiva de un homosexual de clase alta en ese entonces y en ese contexto social.


                Lo otro importante es saber que en un caso como el de Blanche, que al final de “Un tranvía…” queda tan próxima al delirio, el tratamiento psicológico indicado, en aquel entonces, hubiera sido, sí o sí, el electroshock. A una persona en ese estado de depresión, "chichoneando" con la psicosis, la hubieran sometido a electroshocks y baños en agua helada, ya fuera en bañera o con manguerazo de agua a presión. Incluso podría llegar a ser lobotomizada (como la hermana de Tennessee), tratamiento muy popular en la primera mitad del siglo XX. Esos eran los tratamientos indicados para esas dolencias y lamentablemente no se salía entero de ellos.  Sin dudas ese fue el destino de Blanche después del Tranvía, donde la van a buscar, aunque no la usen, con una camisa de fuerza, y donde Tennessee se toma la libertad de introducir un elemento muy inverosímil como es el hecho de que el médico se lleve a Blanche del brazo. En cualquier caso, la mayoría de las veces era peor el tratamiento que la enfermedad y hay que saber que, en todas las épocas, las mujeres incómodas terminan en conventos o en hospitales psiquiátricos, internadas por sus propias familias. La historia está tapizada de ejemplos vergonzosos. Uno de los más famosos es, sin dudas, el de Camille Claudel. Así que, vuelvo a decir, el devenir de Blanche que se plantea en “La bondad de los extraños”, es uno muy plausible para la época y la situación.

               
              Todo esto viene a cuento de que, en realidad, no sabemos qué es todo lo que Tennessee calló. Seguramente calló muchas cosas de la misma manera en que callaba muchas cosas de sí mismo, como hacemos todos. Y también viene a propósito de que la mayoría de nosotros, lectores y amantes del teatro, solemos quedarnos con lo que Blanche dice en "Un Tranvía...", sin preguntarnos por el antes y el después, cuando en realidad Tennessee dejó tantas puertas abiertas. Lo que hice con “La bondad…” es plantear una posibilidad. Hay muchas cosas que no sabemos en cuanto a lo que Tennessee sintió, pensó, dijo y no dijo a la hora de escribir “Un tranvía…”.  Me han dicho que Blanche es una proyección del propio Tennessee, y que sólo por eso la mutilación genital femenina de ninguna manera puede entrar en esta ecuación. Pero no me alcanza considerar que Blanche es un reflejo del propio Tennessee y leerla sólo desde ese lugar. No, porque todos los personajes son reflejo de quien los escribe. Cada personaje que escribo es mi propio yo mirándose a través de cristales diferentes, yo observándome,  incluso aunque no me dé cuenta en el momento de escribir. Así que Tennessee será Blanche, sin duda, pero también es el Kowalski que la viola y además es el que los escribe a ambos sabiendo que los está escribiendo. Es decir, es  posible que Tennessee se sintiera más identificado con Blanche, pero eso no lo hace menos Kowalski. Todo es un juego de espejos múltiples muy peligroso a la hora de interpretar. ¿Con cuál Tennesse deberíamos quedarnos? ¿Con el frágil o con el violento y violador? Porque todos ellos han escrito la obra. He optado por atenerme a lo objetivo, bajar a Blanche de la poesía y ponerla, por un rato, en el mundo real para observarla desde esa amplitud. "La bondad de los extraños" es una construcción fundamentada histórica y psicológicamente a partir de los pocos datos reales o, mejor dicho, con eco en la realidad,  que Tennessee da sobre Blanche y sus circunstancias. Es la búsqueda de una posible secuencia lógica entre un momento anterior a "Un tranvía...", el "Tranvía..." propiamente dicho y un después de éste. Pero no se trata, de ninguna manera, de una reescritura. No, porque mi construcción no afecta, en realidad, el desarrollo de "Un tranvía...".  Blanche sigue sintiendo lo que sintió,  aunque quizás en "La Bondad..." sea un poco más sabia y logre entender por qué algunas cosas ocurrieron como ocurrieron y pueda perdonar y perdonarse e intentar enmendar algún error en la figura del médico, Collins, dándole, y dándose, "permiso" para amar.


                Me han dicho que "Un tranvía llamado deseo" no tiene absolutamente nada que ver con la mutilación genital femenina. Y es verdad, por eso "La bondad de los extraños" no ocurre dentro de "Un tranvía...". Pero en ningún lugar consta que no haya podido ocurrir antes o después y, por más icónica que Blanche sea, yo tengo derecho a plantearme la pregunta y utilizar la pregunta para crear un universo nuevo. Por alguna razón asusta mucho la idea de una Blanche clitoridectomizada. Es posible que se deba a que hay una suerte de vicio de "identificarse" con Blanche. Sobre todo porque a todos nos gusta su muy sonora y trágica frase frase final, pero reducir a Blanche Dubois a una frase dicha momentos antes de salir de escena es bastante frívolo, creo yo, si uno piensa que la pobre se la pasó sufriendo durante toda la obra y que seguramente siga sufriendo luego de la obra y haya sufrido antes. De todos modos, "La bondad... " no es sólo sobre Blanche y sus circunstancias ni sobre la MGF exclusivamente. También es sobre el destino de algunas mujeres, sobre ser gay en contextos poco amigables, sobre la vida en los hospicios psiquiátricos femeninos, sobre algunos prejuicios que aún nos encarcelan, sobre el miedo a ser libre, a decir, a vivir, y sobre la posibilidad de que aún en el peor de los escenarios pueda uno encontrar una luz de esperanza por pequeña que sea. 




domingo, 4 de septiembre de 2016

Empatía



Hace unas semanas tuve una tarde de esas complicaditas, así que me puse una Traviata para escuchar mientras hacía cosas por la casa, como estrategia para no pensar en que no lograba que los personajes que debía escribir se comportaran como yo quería. Justo el otro día le comentaba a una alumna del curso de guión que damos con mi amigo Oscar que cuando te agarra el bloqueo creativo lo mejor es ocuparse de otras cosas. A mí, cuando me tranco en el medio de la cuestión creativa, me da por la limpieza. No me da por lavar pisos, por ejemplo, o los platos acumulados de dos días en la cocina. No. El bloqueo de escritor me pone siempre a limpiar cosas que habitualmente no limpio, como el espacio atrás de la heladera o del horno, o el mueble de la ropa de cama... yo qué sé... esas cosas. Dejaré para otra ocasión las evidentes resonancias psicológicas del asunto, de las que, lo juro, acabo de ser consciente mientras escribo esto... Ok, ok, vamos con una: es posible que, en definitiva, las cosas que hago cuando me tranco escribiendo tengan que ver con buscarme en esos rincones oscuros y poco transitados de la casa. O algo así. En cualquier caso, es interesante y lo voy a pensar mejor. Pero la cuestión era sobre La Traviata. Me puse una Traviata. Hay algo reconfortante en lo de escuchar esa música que conozco tan bien y que puedo cantar de memoria del principio al final. Es como ponerse unos zapatos muy, muy cómodos y, de alguna manera, volver a algún lugar en el que soy el que soy y el que fui, porque La Traviata es la primera ópera que escuché completa, este año se cumplen treinta años de tan movilizadora experiencia,  y aún no me he podido sustraer al embrujo de esa música y de esa historia. Ni pienso sustraerme jamás. Así que ahí estaba yo con la esponja, enfrentado a los azulejos del costado de la cocina, muy consustanciado con las peripecias de la pobre Violetta Valéry, cuando sonó el timbre. Fui hasta la puerta y no había nadie, así que bajé, porque supuse que habían tocado el timbre de abajo y estaban esperando. Cuando pasé el primer rellano (estamos en un segundo piso sin ascensor), vi que en las escaleras estaba sentada una adolescente, con una mochila medio abierta a su lado, y con una agenda rosa sobre las piernas, en la que anotaba cosas. "Buenas tardes", me dijo, mientras corría la mochila para que yo pasara sin problemas. "Hola", respondí. No me extrañó que estuviera allí sentada, porque hay varios adolescentes en mi edificio y no es raro topárselos en las escaleras, sentados con sus amigos. Imaginé que esperaba a alguno de ellos, así que seguí bajando y llegué a la puerta, donde una señora esperaba a que alguien la atendiera para preguntar si allí era el Consulado de Italia. Porque en Colonia tenemos hasta Consulado de Italia, seremos regios, fijate vos. En fin, le dije que no, que no era aquí sino diez metros más allá, como quien va hacia la ciudad vieja, y me contuve para no preguntarle por qué cornos había tocado el timbre del apartamento más alto. Volví sobre mis pasos. La Traviata seguía sonando. Consideré si no tendría la música muy fuerte, porque se escuchaba mientras subía. Volví a cruzarme con la chica de la agenda rosa, que esta vez me miró con mucho interés, al punto de hacerme sentir incómodo. Llegué a casa, cerré la puerta y regresé a los azulejos pero un rato después me di cuenta de que a Miranda no le quedaba más comida que la que tenía en el plato, así que agarré la billetera y salí. La chica de la agenda rosa seguía en las escaleras. Estuve tentado de preguntarle si necesitaba algo o esperaba a alguien, pero como escribía frenéticamente en su agenda, no me pareció prudente interrumpirla. Fui hasta la veterinaria, compré la comida y volví a casa. Subí las escaleras. Ella seguía allí, escribiendo. Pero en los diez o quince minutos que me llevó el mandado, algo había cambiado. Ella seguía escribiendo, sí, pero había algo en el aire que no era sólo la música que emanaba de mi apartamento. Algo había cambiado en ella, como si en ese rato ella hubiera encontrado lo que yo no había podido encontrar todavía, a pesar de los azulejos limpios y las frazadas sacudidas. Subí. Cuando estaba a punto de llegar arriba, escuché su voz a mi espalda. "Señor". Me di vuelta. La chica se había parado, sostenía su agenda rosa en la mano. "¿Sí?", le pregunté. Ella dudó un instante, como si no supiera cómo decir lo que tenía que decir. "¿Te puedo ayudar en algo?", le pregunté, intentando animarla a hablar. "Le quería preguntar si... es que... ¿ella se va a morir?". No le entendí. La quedé mirando. "¿Ella quién?", "La mujer, la que canta". Y aún así me tomó tan de sorpresa que demoré unos segundos en comprender que me hablaba de Violetta, de La Traviata, del torrente verdiano que se deslizaba como una serpiente venenosa escaleras abajo. Pero cuando caí, le dije la verdad. No tenía sentido mentirle: "Sí. Se va a morir." "Porque hace un rato estaba tan feliz, pero después todo se puso a poner tan triste y me pareció...", me dijo, con voz temblorosa. "Sí, es muy triste", le dije. "Gracias", me dijo, con mucha pena. "¿Te gusta la ópera?", le pregunté. Y ella: "¿Eso es ópera?", con mucha inocencia, como quien hace el descubrimiento más sorprendente. Y yo sonreí porque de pronto me vi, con doce años, escuchando aquella primera Traviata fatal. "Eso es ópera", le dije. "Estás escuchando La Traviata", y entonces ella abrió la agenda. "¿Cómo se escribe?". "Así como suena. La cantante se llama Joan Sutherland. Él es Luciano Pavarotti". Pero se ve que hablé muy rápido porque subió los escalones y me pasó agenda y lapicera. "¿Me lo puede anotar?" "Ok", le respondí, en estado de consternación. Le anoté todo. "Muchas gracias", me dijo. "De nada", respondí. Entré a casa. Cerré la puerta.  Violetta Valéry murió un ratito después y yo volví a la computadora. Mis personajes estaban todos allí, esperando a que se me pasaran las pavadas.

lunes, 18 de abril de 2016

Un perro, un rato



Salgo, a pesar del mal tiempo, a hacer mandados. Cuando llego a la calle veo que hay un perro sentado en el portal, como esperando que escampe el viento. El perro me mira y mueve la cola. Eso no es de extrañar: Colonia está llena de perros sueltos, en general muy mansos, que van de aquí para allá todo el tiempo. “Hola, perro”, le digo, y el perro considera que es buena idea acompañarme, así que me sigue. Es un perro grande, blanco y negro, fuerte, macizo. Impone respeto pero se ve que es un buenazo. Llego a la esquina, espero que pasen los autos y cambie el semáforo, el perro se sienta a esperar a mi lado. Cruzo, el perro cruza conmigo. Camino dos cuadras, el perro camina conmigo. Me meto en la ferretería y el perro, muy educado, no entra, se sienta a esperar en la puerta. Yo ando buscando sujetalibros, de esos que se ponen en las bibliotecas para evitar que los libros de la punta caigan al piso cuando tus bibliotecas son simples estantes. Esos que son como un codo de metal, un rectángulo plegado en ángulo recto, una cosa sencillita. Y esto fue porque con la humedad eterna de los últimos días, algunos libros se empezaron a abrir y uno saltó al vacío con tan buena puntería que justo yo estaba abajo, sentado en una silla. No era un libro pesado, por suerte. Se trataba de “El hombre que calculaba”, de Malba Tahan. Muy lindo libro, pero yo no andaba con ánimo para dilemas matemáticos, así que lo dejé en la biblioteca, cambiando un poco el orden y poniendo en la punta del estante un libro más grueso, de tapa dura, para que oficiara de tope. 
En fin, sigo: en la ferretería no tienen lo que quiero y me mandan a una casa de decoración cercana. Salgo, el perro se levanta y camina conmigo, así que ahí vamos los dos, por la vereda. Confieso que la sensación es muy linda, el perro y yo, haciendo equipo entre el viento y la llovizna pertinaz. Me encanta la palabra “pertinaz” y no siempre tiene uno la posibilidad de usarla, ¿verdad? Pues así está la cosa: llovizna pertinaz y casi que paralela al piso, de tanto viento. A Perro y a mí, juntos contra la meteorología, nos tiene sin cuidado y caminamos, muy compinches. Entro a la casa de decoración y Perro me espera en la puerta. Tampoco tienen y me mandan a una casa de artesanías cerca del Barrio Histórico. Atravesamos la plaza de los sapitos por la diagonal y llegamos a la esquina donde está la parada de taxis. Un niño que cruza con su madre me saluda: “¡Hola, Federico!”. Asumo que será alguno de los muchos niños con los que me encontré el año pasado en la biblioteca infantil, a propósito de la reedición de mi libro para niños (“El chou de los lagartos”, en venta en todas las librerías. Compralo: es re lindo.) Me detengo a saludar al niño y Perro se sienta, bien junto a mí. El niño me dice “¡Qué lindo perro! ¿Es tuyo?”, y antes de que yo le explique que en realidad no, que es un perro de la calle que me sigue, el niño dice “¡La pata!” y para mi sorpresa, Perro le da la pata. Sí. Te lo juro: Perro le da la pata al niño. Para cuando el chiquilín me pregunta el nombre, ya tengo decidido que Perro, en realidad,  se llama Mincho. “¿Mincho?”, pregunta el niño. “Mincho”, digo yo, orgulloso de mi perro, tan educado. Nos despedimos. El niño abraza a Mincho, que parece sonreír, y me abraza a mí. Seguimos camino. Llego a la casa de artesanías, Mincho me espera afuera. Tampoco tienen sujetalibros y me mandan a la librería de la cuadra anterior. Pasamos por una de las parrilladas, que tiene mesas afuera, en una suerte de túnel entoldado, y me encuentro con un conocido de Montevideo y su esposa, almorzando. Él, en ataque de fastidio por el clima que, literalmente, les aguó el fin de semana largo, me pregunta desde cuándo tengo perro. Respondo que desde hace un tiempo. En un arranque de inspiración, le digo a Mincho: “Mincho, dale la pata al señor”, a lo que mi conocido estira la mano y Mincho, sí, otra vez,  le da la pata. Mi perro es lo máximo, ¿no? Me dan ganas de llorar de pura emoción. “¿Le puedo dar un hueso?”, pregunta la esposa de mi conocido, enternecida, y entonces dudo. Temo que si Mincho obtiene un hueso se olvide de mí, porque a esa altura ya decidí que Mincho se viene conmigo a casa, así, sin discutir la idea con Martín ni pensar en Miranda, mi gata, que le tiene pavor a los perros. Pero enseguida pienso que ya que me acompañó todo ese rato, lo menos que se merece es un hueso, así que le digo que le dé nomás y, suspiro, que sea lo que Dios quiera. Ella le da el hueso, él lo toma, me despido de mis conocidos y sigo caminando. Mincho, por suerte, viene conmigo, hueso en boca y en un solo revolear de rabo. Yo me alegro, me alegro mucho. Por supuesto en la librería tampoco tienen sujetalibros, pero para mí todo es felicidad y si, como Mincho, tuviera rabo, lo estaría sacudiendo de lo lindo. Caminamos, Mincho y yo. Me meto en el supermercado y Mincho aprovecha para mascar su hueso mientras me espera. Salgo unos minutos después y ponemos dirección a casa pero, cuando estamos llegando a la esquina del supermercado, alguien grita algo que me suena a “¡Camundá!” y Mincho, con un gemido de alegría, se aleja corriendo sin mirar atrás, hacia el hombre que, ahora lo veo, lo está llamando. ¡Y se van juntos, calle abajo! El mundo pierde, súbitamente, todo su color. El clima es una catástrofe, la lluvia una porquería y el viento un fastidio mayúsculo. Mientras camino de vuelta a casa, solo como un perro solo, pienso que “Mincho” era mucho mejor nombre que “Camundá” y me pregunto cómo cornos voy a explicar la comida para perros que llevo en la bolsa del supermercado. Por suerte Miranda, al menos, no hace preguntas.